El desorden en la mesa seguía estando ahí. Papeles, lápices y marcadores seguían impidiendo, incluso, comer con tranquilidad. Todo ello alrededor de un mes aproximadamente. Era hora de pasar al siguiente nivel. Le dijo, entonces, el papá a su hijo: “Podría decirte ahora mismo que el tiempo se terminó y que conseguiste una consecuencia mala, por no decir castigo. Pero te voy a dar otra oportunidad. Sin embargo, esta vez será diferente. Si quieres que te ayude con la tarea que te está ocasionando problemas, tienes que arreglar este desorden primero”.

El niño solo bajó la cabeza. Hacerlo sería demasiado complicado, según sus neuronas, y la obtención de la consecuencia mala era prácticamente impostergable. Pero una vez que comenzara a poner los lápices en la lapicera, los marcadores en la caja correspondiente y los papeles apilados en su lugar, se dio cuenta de que esa montaña no era tan empinada como parecía y terminó diciendo: “Fue más fácil de lo que creí”.

Esto me recordó lo que dice la Biblia: que Dios no es lento para cumplir lo que prometió. Lo que pasa es que Él es paciente porque no quiere que nadie sea destruido, sino que todos cambien su vida y dejen de pecar (2 Pedro 3:9). De hecho, lo que merecemos por el desorden que hemos hecho con nuestras malas decisiones, con nuestro “individualismo mortal” y con nuestros deseos descontrolados es, justamente, la destrucción que apunta el versículo (se acuerdan de la “consecuencia mala”). Pero Dios nos da tiempo y “otra oportunidad” para “arreglar el desorden”. La buena noticia es que esa “montaña” no es tan empinada como parece. Como dijera alguien en una ocasión: nuestros pecados no pueden ser más grandes que la gracia de Dios. Nuestras fallas no pueden superar al amor de Dios. Los errores de nuestro pasado no predicen el futuro. Solo es cuestión de comenzar a poner “los lápices en la lapicera” y terminaremos diciendo: “¡Señor mío, y Dios mío! Gracias por hacerlo más fácil de lo que creí”.