¿Se acerca el fin del mundo?

Las imágenes y noticias que nos llegan de los distintos puntos del planeta, asotado por esta pandemia, son definitivamente dantescas, ante este panorama no son pocos los grupos de fanáticos y sectas religiosas, que se han adelantado a anunciar fuera y dentro de sus congregaciones, el cumplimiento de las profecías bíblicas y la cercanía del llamado fin del mundo.

Este fenómeno conocido Como “Milenarista”, no es algo nuevo, a lo largo de la historia en distintas situaciones de crisis sociocultural, en cambios de siglo, milenio, guerras o desastres naturales, han aparecido siempre toda clase de interpretaciones “pseudo proféticas” que intentan datar el día del “Apocalipsis”. La actual crisis sanitaria es anunciada desde ya, como el detonante del “nuevo orden mundial” que anuncia el principio del fin.

¿Qué postura tomar ante estas voces?, para responder es necesario recordar que la sagrada escritura habla del “fin de los tiempos”, expresando que el mundo no acabará del todo, sino que será transformado en un “cielo nuevo y una tierra nueva” en Jesucristo. (CEC 1042).

Pero la mayoría de las predicciones fatalistas, dicen basarse en la Biblia, y no les falta razón, pues interpretar algunos textos sagrados bajo un sesgo literal, sin tomar en cuenta el contexto vital en el que se escribieron, puede confundir, y es que para los primeros cristianos la venida de Cristo era algo inminente basta con leer Heb. 10,37: “Pues todavía un poco, muy poco tiempo; y el que ha de venir vendrá sin tardanza”. El mismo evangelio de San Mateo afirma: “Yo les aseguro que no pasará esta generación, hasta que todo esto suceda” (Mt 24,34).

Ciertamente en la iglesia primitiva muchos esperaron ver con sus propios ojos el final de los tiempos y la segunda venida de Cristo, y no fue así, no obstante esto no quiere decir que fueron defraudados, al contrario, esta conciencia de la proximidad de la venida, este vivir en una especie de adviento permanente, les brindó un nuevo sentido a su ser y su que hacer, haciendolos capaces de construir desde aquí, un anticipo de la vida que deseaban tener con Cristo, cuando este volviera. Por eso su fe estaba orientada hacia el lugar correcto, pues entendían claramente a donde pertenecían, nunca anhelaron apropiarse de este mundo, ni se aferraron a él.

Desde esta perspectiva los Cristianos a lo largo de dos mil años hemos procurado vivir cada día como si fuera el último de la historia, del mundo y de nuestras vidas, en cada Eucaristía por más de quince siglos hemos repetido: “Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte Señor hasta que vuelvas”, y en otro responsorio, afirmamos : “Anunciamos tu muerte Señor, proclamamos tu resurrección Ven señor Jesús”, estas expresiones de la liturgia eucarística, no son solo palabras vacías sino expresión viva de la esperanza confiada con la que celebramos nuestra fe, en aquel que es el Señor de la Historia y que nos invitó a estar siempre preparados para su llegada, aguardando como una virgen prudente con la lámpara llena de aceite (Cfr. Mt. 25,1-13). Prudencia que no depende de una fecha concreta o de su adivinación, pues lo único bíblicamente certero es que se desconoce cuándo y cómo ocurrirá… “En cuanto al día y la hora, nadie lo sabe ni los mismos ángeles del cielo, ni siquiera el Hijo de Dios. Solamente el Padre lo sabe” (Mt. 24, 36 y Mc. 13, 32). Nuestro Señor no dio fecha ni horario para que la pudiéramos apuntar en nuestra agenda, hasta ahora, tan ocupada, “A ustedes no les toca saber cuándo o en qué fecha el Padre va a hacer las cosas que solamente Él tiene autoridad para hacer” (Hch. 1, 1-7).

Lo cierto es que aunque quizá, no estamos ante el pricipio del fin, si nos encontramos ante el final de una época, vivida sin Dios, y sobre todo ante el inicio de una comprensión nueva de hombre, de mundo, de economía y de fe. ¿Un nuevo orden?, sí, sin lugar a dudas, pero un “nuevo orden de vida”, en el que las prioridades humanas tienen que cambiar. ¿Debemos temer? de ninguna manera, el miedo paraliza, pero el amor dinamiza, y sin importar la lejania o la cercania del final de los tiempos, hemos de tener el corazón instalado en el Reino y los ojos fijos en las manos de Jesús, pues mientras la historia humana y el tiempo presente continúen, los cristianos nunca debemos dejar de velar, ni de invitar al mundo a que vele con nosotros, porque sin lugar a dudas Cristo vendrá a la hora menos pensada, no nos toca adivinarla, nos corresponde esperarla, siempre preparados, porque “ Dichoso aquel siervo a quien su Señor, al llegar, lo encuentre haciéndolo asi. (Mt 24,46).