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Tu distancia de él

Su vida acabó aquella tarde del año 33 de nuestra era, en una colina de nombre tenebroso. Acabó torturado, crucificado. Su muerte fue una expiación por nosotros.

Y desde entonces, miles de años después, seguimos hablando de Él, de su ejemplo y su mensaje. En su época sus seguidores se contabilizaban en aproximadamente un centenar. (Hechos 1:15). En la actualidad cerca de dos mil millones de personas se han denominado a sí mismos con su nombre. Y lo siguen haciendo. Son una iglesia. La más grande sobre el planeta.

Una vez a la semana se visten correctamente y acuden a un lugar diseñado para reunirse en su nombre. Allí en ceremonias sagradas lo invocan, entran en comunión con él. Luego, terminada la ceremonia, salen del lugar y vuelven a sus vidas comunes, y lo dejan allí, como guardado, hasta la próxima semana cuando acudirán nuevamente a él. Su mensaje fue de amor, paz, compasión, integridad, caridad, humildad, solidaridad.

Hoy, en lo convulso del mundo, en lo cotidiano de la vida, ¿qué tan lejos estamos de su ejemplo? ¿Nuestra espiritualidad tiene horario o momentos? ¿Es real o de apariencias? ¿Cuánto de sus enseñanzas ponemos en práctica? ¿Nos dejamos llevar por el temor o somos positivos? ¿Infundimos esperanza o generamos más locura? ¿Proponemos o destruimos? ¿Cuando oímos conversaciones negativas participamos y las alimentamos más? ¿Qué hacemos por el país? ¿Somos responsables en el trabajo? ¿Honramos nuestra palabra? ¿Servimos?

No se trata de un día a la semana, se trata de todos los días, 24/7. En intentar ser congruentes entre lo que decimos y lo que hacemos. Y no me refiero a vivir como monjes solitarios o en constante meditación o haciendo milagros. Me refiero nada más a ser personas correctas.

El que murió en la Cruz dijo que el reino de los cielos estaba dentro de nosotros. Y que podíamos ser como él, si lo intentáramos. Un concepto que nunca nos ha interesado porque nos conviene tenerlo fuera de nosotros, separarlo de nuestra humanidad, para responsabilizarlo de todo lo que nos sucede. Pero esa fue su enseñanza. Buscar conscientemente el Dios que llevamos dentro y dejarlo que se manifieste a través de nosotros, en nuestras vidas. Un mensaje que ha perseverado siglos incomprendido. Pero un mensaje de bien, empoderador. Eterno.

Lastimosamente sus creyentes en su mayoría no hemos aceptado su reto. Y nos mantenemos a una distancia cómoda de su ejemplo, porque es más fácil. Más llevadero. Más conveniente a nuestros intereses. Con momentos y horarios establecidos. Con menos obligación. Y así hoy, en este 2019, todavía, simbólicamente nos identificamos como seguidores de él, de Cristo, y si lo analizamos bien, es una afirmación descriptiva correcta. Seguidores porque estamos lejos de su ejemplo de vida y de sus enseñanzas. Muy lejos.