¡Alerta!

No es suficiente la razón señalada: “Reactivar la economía”, pues son tantos y tan grandes los obstáculos, generadores de incertidumbre e inestabilidad, que viene a la mente el dicho de que el dinero es siempre miedoso, huye de riesgos innecesarios y calcula al milímetro las condiciones domésticas, los esfuerzos por años y las improvisaciones a ritmo de emergencia que reflejan, sin equivocaciones, la nefasta historia de fracasos colectivos o aprovechamientos personales.

La alerta sigue sonando tras las reformas aprobadas por el Congreso Nacional a la Ley de Régimen Opcional Complementario para la Administración de Fondos Privados de Pensiones (AFP), pues la desconfianza en el manejo de recursos y la inseguridad en el destino o sus beneficios son tan acentuadas que viene a la mente aquello de mejor a la antigüita, debajo del colchón. Es exageración, pero ¿quién está dispuesto a colocar sus ahorros de la vida sobre la base de deudas y más deudas casi impagables?

Desde el sector oficial escuchamos voces para tranquilizar e inculcar que no es tanto el riesgo, como señalan los de “siempre”. Pero no desvanece el temor de miles y miles de ahorrantes que, a la hora de la hora, no hallarán quién responda por el uso y malversación de sus ahorros o quién acreditará la cuota mensual, derecho personal ganado durante muchos años con sacrificio.

Inquietudes que, a la hora de la hora, tienen la respuesta de “confía”. Con la reactivación de la economía, el beneficio es para todos, pues habrá más empleo, las familias dispondrán de ingresos, mejorará la educación y el sistema de salud saldrá de su crónica endemia con pasajes de agonía. Pero…

El ahorro de años debe ser blindado. Contado y medido al centavo como recurso sagrado de quienes obligatoria o voluntariamente son dueños de una “guaca” que respalda su fin de ciclo laboral, por lo que se incrementa el temor del confiado ciudadano honesto, no de quien usa y abusa de recursos ajenos de los que impunemente hace fiesta. No inventamos, al contrario, la dura, constante y cercana experiencia hace más real la suspicacia y el temor de quedar en el “aire”.

La respuesta oficial no podía ser otra: “Todo lo dicho en contra de las reformas es falso”. Si hubiese una guerra abierta a la corrupción y una política plena de transparencia aceptaríamos la duda, pero el permanente “saqueo”, el consumo de la burocracia y organismos del Estado alimentan la sospecha. Si el sacrificio fuera proporcional empezando arriba, quizá se abriesen las puertas de la credibilidad y la confianza; pero el cambio no llegó ni a cosmético con la gravante necesidad de disponer de recursos para, nada más y nada menos, que educación, desempleo, vivienda y gastos de salud.