No me vuelvo a ir

Tan rotunda expresión no será compartida por miles de emigrantes hondureños que, desde distintos lugares, han podido regresar al país tras meses de angustia, incertidumbre, nostalgia y soledad, tal como lo hicieron esta semana 278 compatriotas que, desde Madrid, fueron repatriados. Solo quien se halla en las extremas circunstancias originadas por la pandemia y en tierra extraña sabe bien lo que es la bondad de su tierra, pese a las muchas carencias y riesgos que puedan enfrentar en ella.

Esto no significa que queden eliminadas las aspiraciones de superación y las ilusiones, no pocas veces fallidas, de hallar en otros lugares condiciones favorables para una vida mejor o para ayudar a la familia con recursos, remesas, que con sacrificio y privaciones logran obtener y ahorrar para enviar a Honduras.

España se ha convertido durante años en gran familia para hondureños que con sus raíces hispanas hallan puertas abiertas para la integración en la vida laboral, pese a no cumplir, muchas veces, con los requisitos legales.

La excelente imagen de los hondureños en la península es la mejor carta de recomendación para poder trabajar e iniciar un camino que, para muchos, les ha conducido a la obtención de otra nacionalidad y a fundar una familia.


En el campo de Murcia, en la zona turística de la Costa Brava, en Girona, así como en Barcelona y Madrid, pero también en otras urbes más pequeñas la comunidad de hondureños se fue arraigando y proporcionando un ambiente saludable para los paisanos. Tortillas y frijoles se pueden comprar en las cercanías del Nou Camp, en la capital catalana, o en Tortosa a orillas del Ebro. España sigue sintiendo un trozo muy querido del corazón de Honduras. Pero llegó la pandemia y todo, como castillo de naipes, cayó.

El desempleo se multiplicó y las oportunidades se fueron reduciendo hasta quedar en la calle con lo poco que se tenía que gota a gota se fue evaporando en estos cuatro meses de pandemia sin ingresos y con la pobreza a cuesta. Nada extraño la exclamación de una de las viajeras del vuelo humanitario: “Iba con la ilusión de poder trabajar, pero esta pandemia arruinó todo”. “Yo estaba sola, sin apoyo. Aquí tengo a mi familia. No me vuelvo a ir”, expresó con decepción otra de las personas repatriadas.

La pandemia golpea fuerte y más a quienes la soledad les atrapa lejos de los suyos, en los que encuentra fortaleza para enfrentar estos difíciles tiempos que no serán unos meses, sino quizás hasta años con el agravante de que se desconoce el destino, por ello en los tropiezos o tumbos, en las graves necesidades ningún cobijo mejor que la propia familia. Por ello “no me vuelvo a ir”.