Familia y escuela

Ante el inminente comienzo del año escolar para la mayoría de los niños y jóvenes de Honduras, es necesario que tanto las instituciones educativas como los padres de familia reflexionen seriamente sobre los compromisos que ambos contraen cada vez que un alumno es matriculado en una escuela o en un colegio. La Constitución de la República señala que los padres tienen el derecho preferente de decidir el tipo de educación que desean para sus hijos, pero la realidad es que esa libertad resulta limitada por la capacidad económica de la familia, por lo que la mayoría debe optar por la educación pública, le guste o no. Este hecho obliga moralmente al Estado y los docentes del sistema oficial a dar el mejor servicio posible a los estudiantes de los distintos niveles del sistema, por un tema de justicia, y porque los contribuyentes esperan que sus tributos sean utilizados para financiar rubros que como la educación son fundamentales para el desarrollo del país. Aquellos que pueden pagar servicios privados de educación tendrán, igualmente, el derecho de exigir proporcionalidad en la calidad, de acuerdo con la inversión realizada.

Tanto en el sector público como en el privado, puesto que ambos sectores conforman un único sistema, debe, sin embargo, reflexionarse también sobre las relaciones que se establecen entre los centros educativos y las familias de las que proceden los estudiantes. Es evidente que, si las relaciones entre la familia y la escuela no son las mejores, la situación afectará directamente al protagonista del proceso de enseñanza-aprendizaje: el alumno.

Resulta que, históricamente, las relaciones entre las familias y los centros educativos han estado presidida por la confianza y el respeto. Durante décadas, siglos tal vez, hubo una clara complicidad entre estos dos ámbitos formativos, que procuraban no contradecirse y se apoyaban incondicionalmente. Hoy por hoy, el deterioro ha sido tal que ha surgido una especie de competencia mala y de cierta enemistad que se manifiesta en críticas constantes e, incluso, en miedo mutuo. En algunos casos los maestros viven temerosos de los padres porque la relación ha llegado a judicializarse, con todas las consecuencias negativas que semejante hecho contrae. Luego, los padres no son siempre bienvenidos en las escuelas y colegios porque rara vez se presentan para colaborar sino para generar y alimentar conflictos. Al final, ese estira y encoge entre familia y escuela genera ansiedad y preocupación en los alumnos, que ven enfrentados a sus dos referentes formativos inmediatos. Ojalá que se cree conciencia sobre esta situación negativa y se busquen las estrategias para superarla a la brevedad posible.