Como sabemos, las categorías izquierda y derecha no son útiles para el análisis de nuestras realidades. Sin fuerzas económicas dominantes, con una clase intelectual poco estudiosa y con electorado orientado por las pasiones no es adecuado transpolarle conceptos propios de la Revolución Francesa. En la mayoría de los países, los teóricos consideran que estas calificaciones no son adecuadas. Y en Honduras mucho menos.

Aquí lo que tenemos es un escenario muy sui géneris. El gobierno desmesuradamente grande, una clientela representada por los pobres en franco crecimiento, unas fuerzas económicas que sobreviven haciendo negocios incómodos con el régimen y un sistema educativo que no provee la masa gris que requiere el país para construir desde realidades definidas identificar soluciones, escoger los actores relajantes y construir en respuesta soluciones imaginativas productivamente convenientes. Por ello, los actores son inferiores en número y calidad para abordar las realidades negativas. Y lo peor es que confiamos en la dirección de los problemas al gobierno y menospreciamos la capacidad de los pobres para ser actores en los procesos de transformación.

El menosprecio a sus capacidades hace que quienes han podido sobrevivir hasta ahora, y tienen por ello experiencia para inventar soluciones sin recursos siquiera, no intervengan en la solución de los problemas. De esta percepción, que menosprecia valiosos recursos, son responsables los populismos, que, además de instrumentalizar soluciones, vuelven cínicos a los receptores y provocan la destrucción de la confianza de los pobres y los miserables en sus propias capacidades. Devaluados, tienen más capacidad para extender la mano que para apretar el puño y enfrentarse a las dificultades que los rodean.

Algunos antropólogos, entre ellos, Linton y Lewis, insinuaron el concepto de la cultura de la pobreza, caracterizada porque al pobre, tratado en la forma que lo hacen los populismos, lo eximen de responsabilidades y lo convierten en su juguete para ganar tranquilidades y elecciones. Lo obligan a descubrir que ser pobre es una ventaja y que en consecuencia hay que trasmitírselas a los hijos para que puedan ir tirando para adelante. De allí que muchos inexpertos digan que el ascenso social es imposible en sociedades como la nuestra: “quien nace en la pobreza, muere en la pobreza”.

Ante un nuevo gobierno, sabiendo que los populismos no son la solución, hay que volver al realismo del pasado. Actuar de acuerdo a lo que disponemos; pero en forma responsable. De forma que hay que disminuir el tamaño del gobierno, reducirle la competencia que le ha quitado a las organizaciones municipales y comunitarias. Y descentralizar las operaciones, de forma que, en las bases, las personas otra vez tengan la oportunidad de participar. Y de manera consciente, no instrumental y manipulable. Con objetivos determinados por los pueblos y no por burócratas que sin compromiso nacional desde la capital determinan los destinos que solo los de Yarumela, Orocuina, Cedros y Sulaco tienen capacidad de hacerlo.

No es fácil cambiar, especialmente cuando la descentralización supone inevitablemente que los burócratas estarán bajo la vigilancia de la ciudadanía. Y que el hombre común bajará de la cúpula de superioridad en que muchos se han colocado, gracias a que han podido convencer al pueblo pobre que no tiene capacidad ni siquiera para saber por dónde sale el sol.

Estas cosas pueden lucir innecesarias e inconvenientes, especialmente en estos momentos en que, según parece, pasaremos de un populismo de un color a otro populismo de otro; pero creemos que es nuestra responsabilidad hacerlo. Hay que terminar con la instrumentalización popular y más bien permitir que el protagonismo lo tenga el pueblo, todo el pueblo. En el pasado lo probamos y nos dio resultados. Intentémoslo nuevamente.

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