La mitología, ese conjunto de mitos y leyendas que resulta fascinante, también es fuente de valiosas lecciones para la vida diaria. Veamos por ejemplo el caso de Ícaro. Este personaje, sacado de la mitología griega, era hijo de un arquitecto llamado Dédalo. Ambos fueron encargados por Minos, el rey de Creta, para construir un laberinto. Era este un lugar lleno de encrucijadas, dispuesto de forma tal que era casi imposible encontrar su salida. El rey Minos, según la mitología griega, era hijo del dios Zeus, y tenía sus razones para mandar a construir el laberinto. Quería encerrar al Minotauro, una especie de monstruo, mitad hombre y mitad toro. Así, Ícaro y Dédalo emprendieron la obra con tal entusiasmo y entrega que lograron hacer del “Laberinto de Creta” un lugar del que ni ellos mismos, según confesaron al rey, podrían escapar si no dejaran señas claras del camino al entrar. El rey se quiso asegurar de que nadie pudiera conocer los secretos de la gran obra, así que decidió enviar al padre y al hijo, dando órdenes estrictas a su escolta para que los abandonaran en el laberinto. Cuentan que fue así como Dédalo, el arquitecto genial, e Ícaro, su hijo amado, se convirtieron en las primeras víctimas de su ingenio constructor. Pero Ícaro no se conformaba con esa suerte. Siendo él y su padre gente esencialmente creativa, idearon hacer unas alas con plumas de ave, unidas entre sí por cera de abeja. Las alas funcionaron y ellos lograron salir volando de aquella injusta prisión.

Hasta aquí, la historia de Ícaro nos evoca las mejores virtudes humanas: creatividad y decisión. Según el relato, Ícaro se entusiasmó con su recién adquirida habilidad de volar y se llenó de vanidad. Decidió elevarse tanto que se acercó al sol, y este derritió la cera y las alas se desarmaron. El pobre Ícaro murió en la caída. Lo que era una historia de éxito sobre la adversidad, se convirtió en una tragedia, provocada. ¿Conoce usted gente que, al alcanzar algún éxito, se llenó de vanidad y de soberbia hasta el punto de quemar sus alas?

LO NEGATIVO: Permitir que el éxito nos vacíe de sensatez, y que acabemos quemando las alas que nos permitieron alcanzarlo.

LO POSITIVO: Rogar a Dios para que, junto con el éxito, nos dé una necesaria humildad.

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