Hay momentos que, en el plano personal, sentimos que las cosas más importantes, a nuestro alrededor, parecieran venirse abajo. Circunstancia que también percibimos quienes hacemos análisis de la vida política-social.

Mientras la lluvia cae, abundan las noticias sobre colonias capitalinas colapsadas; “llenas” en la costa norte; evacuación de familias que huyen amenazadas por la muerte; las carreteras colapsan y los ríos se desbordan, el sentimiento que algo nos amenaza se apodera de nosotros. Y mucho más porque, mientras la naturaleza rencorosa pareciera salirse de curso, lo que más nos preocupa en esta hora es la falta de liderazgo para enfrentarla, encauzándola para que nos haga el menor daño posible. Pero el liderazgo, en vez de ser una solución, pareciera que es el principal problema. Lo que, sin duda nos preocupa enormemente. Porque, aunque casi nunca en el curso de la historia hemos tenido –solo en pocos casos– un liderazgo vigoroso, consciente y representativo que ha hecho de las alternativas ante las dificultades una sola voz; ahora lo que percibimos es el desacuerdo, la incoherencia e incluso el irrespeto entre los individuos que tienen limitada conciencia de sus responsabilidades.

Aunque hay poca información concentrada y accesible sobre las formas en que hemos enfrentado los desastres naturales, podemos indicar que la “llena” de 1936 –la primera que afectó realmente el sistema agrícola e industrial de la costa norte– fue enfrentada por un gobierno poco centralizado que, por ello, tenía más capacidad de respuesta. Y sus dimensiones humanas eran menos apocalípticas que otros eventos, la población era menor y su ubicación no tan cercana como ahora a la ribera de los ríos.

En 1954, coincidiendo con la huelga obrera de ese año, tuvo efectos políticos y económicos que marcaron el curso de la historia política y social del país. En esa oportunidad, el gobierno mostró sus debilidades: Gálvez, presidente, y Carías, líder del Partido Nacional, exhibieron sus diferencias y limitaciones individuales.

El Fifí fue mejor enfrentado porque el gobierno había sido remendado. Y sus respuestas fueron coherentes y ordenadas por la estructura militar que lo dirigía.

El Mitch, aunque de dimensiones apocalípticas, superó la capacidad de sorpresa de los hondureños, tuvo desde el gobierno una respuesta unitaria ejemplar, un liderazgo consolidado en el presidente Carlos Flores y una atención especial por parte de la comunidad internacional.

La política exterior entonces fue usada para atraer la atención y suscitar apoyo económico sin precedentes.

Ahora, los embates naturales –posiblemente sin precedentes porque afectan a casi todo el país por igual– nos encuentran con un gobierno débil, poco consolidado. Sin un liderazgo fuerte desde la Presidencia de la República y, posiblemente lo peor, sin una articulación clara con la comunidad internacional que casi siempre nos ha auxiliado porque el país casi no tiene recursos, habilidades y previsiones para hacerlo. La alianza política que llevó al poder a Xiomara Castro se hace pedazos y las peleas entre sus líderes muestran un infantilismo procaz que crea entre nosotros, desaliento, proyectando hacia el exterior un gobierno frágil, débil y poco confiable. Además, el discurso de Castro en la ONU mostró que Honduras se ha distanciado de sus aliados tradicionales, buscando en el vacío -entre los más débiles- una lealtad que poco tiene que ver con los intereses de Honduras. De modo que la cooperación internacional tendrá que ser objeto de una atención más aplicada que en otras oportunidades. Honduras luce como una sociedad en dificultades, afectada por los compromisos ideológicos con Venezuela y Cuba que, como nunca antes, habían sido tan centrales en la vida nacional. Hay entonces, razones para preocuparnos porque nos llueve sobre mojado.

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