Las muertes por accidentes de tránsito se han convertido en la segunda causa de mortalidad en Honduras, si a eso sumamos el alto número de personas que han resultado lesionadas, la morbilidad es también alarmante; pero el asunto no llega hasta aquí, a toda esta tragedia humana hay que sumar los daños, con costos multimillonarios, que se producen en propiedades y en los automóviles que no son fabricados en Honduras y cuyas piezas e insumos para su reparación deben importarse con el consecuente gasto de nuestras divisas.

Un informe de 2021, calcula en 1,465 las muertes (muchos son niños y peatones) y en 2,800 los lesionados, todos ocurridos en 9,400 accidentes en 11 años.

Un informe publicado por La Prensa nos da una cifra de 9,000 fallecidos en seis años por accidentes de tránsito.

Estas desastrosas cifras no han interesado en absoluto a las autoridades estatales y de Tránsito que han visto y dejado pasar la costumbre de los conductores hondureños de violar la ley.

La situación se agravó a raíz del intento de depurar a la Policía, pareciera que la mayoría de los corruptos pertenecían a Tránsito porque la entidad quedó diezmada por el retiro voluntario de los agentes y hubo, como consecuencia, un abandono casi total de las obligaciones del Estado para preservar la vida de los hondureños en las calles y las carreteras.

Las causas principales de los accidentes son el exceso de velocidad, el alcoholismo, el irrespeto de las señales y las normas legales y el mal estado de las carreteras y calles. Pero, sobre todo, la principal causa de los accidentes y de las muertes se debe a la negligencia con que la Policía de Tránsito ha enfrentado estas cifras alarmantes de morbilidad y mortalidad.

Frente a la indiferencia del Estado y de los dirigentes del tránsito, los conductores han confeccionado sus propias normas que son las que nos han llevado a estas catastróficas cifras.

Comenzaré por los agentes: actúan como si fueran policías de la SARS: se interesan por saber si el conductor ha pagado los impuestos y piden la licencia de conducir, pero no revisan los aspectos esenciales: que el auto tenga sus triángulos y sus implementos para el cambio de ruedas, el extinguidor; las luces, el limpiaparabrisas, los espejos, las llantas en buen estado, una cuña para emergencias. Cuando un auto se avería los conductores para señalizar y avisar del peligro ponen unas cuantas ramas de árbol a vista y paciencia de los agentes. Los policías vigilan la velocidad en lugares conocidos, pero inmediatamente luego de pasar el retén los autos vuelven a ir a velocidades prohibidas.

Los conductores transitan por el carril izquierdo y para adelantar hay que hacerlo por la derecha, en las carreteras de dos carriles se adelantan en las curvas, se saltan las dos líneas continuas, cortan curvas en la carretera y en los redondeles (los mismos policías no saben cómo conducirse en los redondeles), los taxistas se estacionan en las paradas de buses y los buses tienen que estacionarse en la pista; los buseros conducen como alma que se lleva el diablo y con frecuencia hacen competencia para colocarse por delante, llevan exceso de pasajeros, los motociclistas y los carros de carga transportan objetos volúmenes que impiden usar los espejos retrovisores y se conducen niños en las motocicletas y en las pailas de los pik up; los motociclistas se meten por donde se les antoja y para ellos no existe ley alguna. Pero lo más grave es ver a los agentes de Tránsito y a la Policía violar las normas.

Las licencias de manejar se adjudican de manera corrupta: los exámenes médicos y sicológicos son una farsa y muchísimos conductores con licencia no están alfabetizados.

Hay sitios como una curva en La Cuesta de la Virgen, el peaje de Yojoa, la recta de Támara, con mayor incidencia de accidentes. Las autoridades no buscan la forma de rediseñar la vía para evitar accidentes.

Mi pregunta es: ¿Cuándo la Policía de Tránsito aplicará con rigor la ley y asegurará nuestras vidas en calles y carreteras?

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