“Somos lo que hacemos de forma repetida. Por tanto, la excelencia no es un acto, sino un hábito”: Aristóteles.

Es evidente el papel central que desempeña la humanidad para propiciar cambios geológicos; siendo provocados por factores como la urbanización, la deforestación y devastación de bosques.

Según un estudio, todo lo fabricado por el ser humano superó por primera vez en la historia a la masa conjunta de los seres vivos.

Este concepto antropoceno del griego anthropos, que significa humano, y kairos, que significa nuevo, se introdujo por el químico Paul Crutzen, premio Nobel en 1995. Lo cierto es que entramos en una nueva era: el progreso tecnológico, el crecimiento exponencial de la población, la multiplicación y productos de consumo; esto ha incrementado el consumo de recursos naturales, minerales y fósiles. En la actualidad el mundo pierde 13 millones de hectáreas de bosque y la tasa de deforestación en la Amazonía es del 17%. La comunidad científica ha evaluado el impacto real en el entorno global. Estamos en el punto álgido de decisiones, hay una tentación firme de tratar de sustituir la sabiduría de Dios por la propia sabiduría humana, los actos predeterminados de Dios por las buenas acciones; cedemos a confiar en nuestro propio entendimiento porque dudamos de las intenciones de Dios, el carácter de Dios, naturaleza y poder de Dios.

La humanidad ha ignorado que sus actos de desconocer a Dios y las acciones han degradado el mundo produciendo el efecto antropoceno; como el rechazo del conocimiento de Dios y sus consecuencias. “Mi pueblo está siendo destruido porque no me conoce. Así como ustedes, sacerdotes, se niegan a conocerme, yo me niego a reconocerlos como mis sacerdotes. Ya que olvidaron las leyes de su Dios, me olvidaré de bendecir a sus hijos”. Oseas 4:6 NTV. Estamos a tiempo de reconocer que el efecto ya se percibe, hay tiempo para cambiar.