Los ciclos de la tragedia

Como en un macabro tiovivo, en trágica espiral cíclica, los huracanes y las tormentas bíblicas arrasan nuestra región, causando muerte y destrucción cada cuarto de siglo, años más o años menos. Si observamos con atención y ojo alerta la secuencia en el último siglo de los desastres naturales en el área centroamericana, pero especialmente en nuestro país, podremos comprobar la fatalidad climática de la tragedia.

Veamos estos ejemplos: en septiembre de 1974, un huracán con nombre tan coqueto como singular que casi parecía seudónimo, el Fifí, barrió virtualmente grandes sectores del territorio nacional y evaporó del mapa a comunidades enteras, provocando muertes por doquier y daños tremendos en la economía nacional.

Veinticuatro años después, otro huracán, más violento y prolongado que el anterior, el Mitch, destrozó el país entero, retorciendo su geografía y causando la muerte a miles de compatriotas. Hoy, veintidós años después, el huracán Eta, con nombre de banda armada o entidad terrorista, toma por asalto buena parte de nuestra zona costera, extendiendo su manto destructor hasta la región suroriental del país.

Para completar el cuadro de la tragedia y reafirmar la puntualidad del ciclo siniestro, llega el huracán Iota, nombre, como Eta, de otra letra del alfabeto griego, a intensificar el daño y reafirmar el dramático destino.

Tragedia griega. Con tantas y tan dolorosas experiencias, seguramente deberíamos haber aprendido muchas buenas y malas lecciones. Sin embargo, los resultados que vemos indican una irresponsable ausencia de medidas preventivas, alertas apropiadas y, sobre todo, planes de contingencia y políticas de reducción de riesgos y vulnerabilidades. O no existen tales medidas o, simplemente, no funcionan.

El huracán Fifí coincidió con la celebración del Primer Encuentro de la Comunidad Universitaria, un evento de gran trascendencia para definir los ejes de la docencia y la investigación, el rol de la educación superior en la sociedad y los alcances y el contenido de la autonomía universitaria. Me tocó en suerte ser el relator principal de ese encuentro y recuerdo muy bien sus debates internos y la actividad febril que prevalecía con el ánimo de contribuir en la solución de los infinitos problemas que la emergencia ciclónica le imponía al país entero.

Fue entonces cuando nació el lema “Reconstruir transformando”, una especie de consigna que reflejaba la voluntad de reconstruir el país pero, eso sí, transformando sus instituciones y estructuras para volverlo menos vulnerable, más equitativo y resistente. Era una forma de aprovechar la tragedia y el desastre como oportunidad de cambio y renovación.

Después, ya en el escenario del huracán Mitch, a punto de entrar en el nuevo siglo y milenio, el lema generado en la comunidad universitaria volvió a cobrar vigencia al momento de preparar los planes de reconstrucción nacional. La famosa Declaración de Estocolmo, de mayo de 1999, recoge el espíritu de la “reconstrucción con transformación” que animaba a buena parte de la comunidad cooperante internacional, especialmente la de origen nórdico.

Hoy, a 46 años del nacimiento de aquel lema esperanzador en el seno de la comunidad universitaria, la urgencia de cambio vuelve a palpitar en el ánimo colectivo. Ante el desafío de enfrentar la fuerza destructora de los huracanes y de reconstruir lo dañado, sería saludable recordar las antiguas experiencias y, de una vez por todas, entender que mientras no transformemos Honduras, volviéndolo un país ecológicamente limpio, socialmente justo y políticamente democrático, seguiremos siendo víctimas propicias, territorio vulnerable para los embates desproporcionados de la naturaleza.

Desde la ya lejana coyuntura trágica del huracán Fifí, pasando por la debacle arrasadora del huracán Mitch, y sufriendo las consecuencias actuales de la nueva emergencia, hemos sabido y sabremos cómo reconstruir poco a poco el país dañado, pero no hemos aprendido ni mostrado voluntad suficiente para transformarlo y hacerlo más justo y habitable. Es hora ya de aprender de una vez por todas las lecciones conjuntas que nos ofrece la naturaleza y la historia.