La esperanza que no defrauda

Llegamos al mes de octubre y con la recta final de este “annus horribilis”.

La reactivación/reapertura en distintas fases continúa sin fraguar del todo alrededor del mundo, incluso algunos países como Israel, que en la primera oleada de la pandemia no se vio tan afectado, ahora ha vuelto al confinamiento, dejando claro que esta etapa dura está aún lejos de acabar, la economía se ha ralentizado y en los países más vulnerables se prevé un retroceso de diez años, la pobreza y el hambre están aumentando, el luto ha tocado las puertas de muchas familias, y la esperada vacuna todavía no llega, provocando el temor crónico, latente en unos y la indiferencia insensata en otros.

Sé que este repaso superficial puede parecer algo desalentador y tristemente lo es, no hay suficientes razones para levantar los ánimos, ni para esperar un mejor mañana súbito. Ante tal escenario, ¿en quién podemos poner nuestra esperanza? Como cristiano y como sacerdote, ya pueden imaginar cuál es mi respuesta: solo en Dios.

Pero lo cierto es que desde hace un par de siglos la humanidad puso su confianza en la ciencia, el desarrollo de la tecnología, avances científicos y las telecomunicaciones, hicieron surgir una sociedad más “autónoma”, autosuficiente” y a la vez tristemente indiferente ante el misterio de Dios, que quedó relegado al ámbito de la religiosidad, y la tradición, sin impacto real en la vida y en las conciencias humanas y aquí radica el problema, pues no se trata de no avanzar, sino de haber dejado lo esencial para ir detrás de lo accesorio, pues cuando apartamos la vista de Dios, dejamos de salir a su encuentro y en consecuencia al encuentro de los demás, encerrándonos en una cultura egoísta, fría, materialista y centrada en mis intereses.

Hoy a seis meses de haber comenzado esta lección de ubicación, en la que quizá el propio egoísmo humanos o la misma naturaleza nos han hecho recordar que somos criaturas, y que el ser feliz no radica en los ceros del banco, en los títulos que colguemos en las paredes de nuestra oficina, en los avances médicos que desarrollemos, los edificios que levantemos, los imperios económicos que forjemos, en las cosas que pueda comprarme, en el apellido que ostente, en la ropa con la que me visto, los lugares que he visitado o en las fotos que presumo en mis redes sociales.

Es hora de evaluarnos para revisar el corazón y la vida, para ver si hemos aprendido a apreciar más la sonrisa del ser querido, la compañía de los amigos, el valor de una llamada, la caricia de los abuelos, o el abrazo y el beso que no guarden distancia.

Con seguridad muchos no habremos pasado la prueba, y a medio año de haber iniciado la pandemia, seguramente reprobaremos, pues seguimos siendo los mismos egoístas de siempre, lo bueno es el Padre que tenemos y que mientras nos regale vida y podamos respirar, sabiendo hoy más que nunca que hacerlo es un don inestimable, siempre tendremos oportunidad para enmendar el camino y volver a empezar, porque si decides creer y vivir en Dios, sabrás muy bien en quién tienes puesta tu esperanza y como dice San Pablo esa es una esperanza que nunca defrauda (cfr.Rm 5,5).