“Nuestras vidas han cambiado”

Una de las más recientes portadas de la revista Times durante el pasado mes de abril muestra a un médico anestesiólogo italiano, Francesco Menchise, quien labora en el Hospital Ravena, una de las zonas más golpeadas del norte de Italia durante esta emergencia del COVID-19; pero lo más interesante es el encabezado que cita las palabras del Dr. Menchise: “Debemos entender que nuestras vidas han cambiado”.

Nunca las generaciones de los últimos 40 años: X-enials, millennials y generación Z, a las que el sociólogo Zigmunt Bauman bautizó como “generación líquida”, nos habíamos enfrentado cara a cara a una circunstancia de semejante proporción. Las generaciones pasadas vivieron guerras, hambrunas, pobreza, recesiones económicas y quizá hasta una pandemia similar (la gripe española en la década de los 20).

Las primeras dos décadas de este siglo han estado marcadas por una tendencia en alza de la cultura superficial de la autoimagen, forjando así una sociedad de “la vitrina”, basada en las selfis, en una sobreexposición de la propia vida con fines de suscitar admiración, atraer “seguidores” y ganar likes en las redes sociales. Sin embargo, el problema no radica allí, pues esta inclinación es solo un síntoma del verdadero mal, que no es otro que la falta de aceptación social, que ha dado origen a lo que el periodista Álvaro Montes, de la revista Semana, en abril del año pasado llamó patología de una enfermiza cultura digital.

Lo cierto es que el cristal de la vitrina se quebró estrepitosamente, el martillo ha sido esta pandemia. Con cada pedazo de vidrio roto ha quedado manifiesta nuestra auténtica fragilidad, temores, miedos, incompetencias y preocupaciones. Las caretas se han caído y es necesario dejarlas en el suelo para reencontrarnos con lo que somos, tenemos, sufrimos y deseamos de verdad. Muchos ven en esta crisis sanitaria el mayor obstáculo para cumplir sus metas, pero quizá podría convertirse en la más grande oportunidad para redescubrir nuestra esencia y saber hasta dónde somos capaces de llegar cuando nos lo proponemos.

Por eso con sorpresa y alegría hemos visto que en medio de esta emergencia han surgido los auténticos liderazgos comunales, esos que Honduras necesita y que no se esconden detrás de un color o interés político de algún partido agonizante con los días contados, hablo de jóvenes emprendedores, creativos, solidarios, generosos y humanos, que no han esperado una orden superior para actuar, ayudar y que sin esperar nada a cambio se han dejado conmover por la realidad del otro, por el llanto de Honduras y que, arremangándose la camisa, han movido corazones y voluntades para paliar el sufrimiento de mucha gente.

Sin importar el estrato social, en la residencial más encumbrada y en el barrio más humilde, han surgido iniciativas de héroes anónimos con posgrados, o apenas con la secundaria cursada, cuyas caras es necesario conocer y reconocer para que la memoria agradecida de un pueblo no olvide quién estuvo a su lado cuando más lo necesitó y deje surgir nuevos líderes, auténticos patriotas, que oxigenen la vida política nacional de cara al futuro.

Porque cuando todo esto pase, y tomemos conciencia de que la vida ha cambiado, en lugar de llorar por lo que hayamos perdido debemos pensar en lo que habremos ganado y conservado, ya que entonces ese día nos daremos cuenta de que existirá un motivo mayor para dar gracias: volver a estar juntos y, sobre todo, estar vivos.