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Creer en la divinidad

Lo del Sínodo de la Amazonía es tan grave y tan escandaloso que parece irreal. Quizá por eso, para camuflarlo un poco, están apareciendo noticias llamativas que distraen la atención y evitan que el escándalo sea mayor. Es el viejo juego del mago, que hace que el público se fije en una mano para hacer el truco con la otra.

Celebrar un rito de adoración a los dioses de la fertilidad -con dos tallas de madera que representan a dos mujeres desnudas embarazadas y un enorme falo-, en el Vaticano, junto a la gruta de Lourdes, es una provocación. Llevar en procesión una canoa, con una de esas tallas y el falo, y meterla en la sala del Sínodo, el día de la Virgen del Rosario, es una provocación.

Luego viene el resto: la mayoría de los sinodales está claramente a favor del sacerdocio de los casados y del diaconado femenino, como paso hacia el sacerdocio de la mujer y, como es natural, del episcopado y del papado. Y esto es más que una provocación.

Cuando uno provoca es porque busca en el provocado una respuesta proporcional al insulto recibido; es decir, se está buscando que los conservadores se harten y se vayan; se está buscando un cisma, quizá porque no están seguros de que, si no se van, puedan hacer lo que quieran.

En este escenario escandaloso tienen lugar tres cosas, importantes. La primera es lo del asalto -no se puede calificar de otro modo- a la Secretaría de Estado como parte de una investigación sobre presuntos delitos económicos.

Dejando las formas aparte, el Papa tiene el deber de hacer limpieza y merece todo el apoyo en esa tarea. ¿Pero tenía que ser en la víspera de la inauguración del Sínodo, cuando se iba a producir el escándalo de los ritos paganos en los jardines vaticanos y la procesión de la canoa, que ya estaban previstos?