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Defensa de la rutina

De la rutina se han dicho muchas cosas negativas: que es el camino más corto para hartarse de todo y de todos; que acaba con todo tipo de sentimientos placenteros; que puede llevar, incluso, a la locura.

Sin embargo, lo cierto es que hay muchísimas rutinas buenas; rutinas que facilitan la vida; rutinas que nos permiten ejercitar la indispensable virtud del orden; rutinas que nos conducen a la serenidad, a la quietud, a la paz.

La rutina evita el caos, la improvisación, la pérdida de tiempo. Triste sería que cada mañana tuviéramos que decidir si levantarnos o no levantarnos, asearnos o no asearnos, desayunar o dejar de hacerlo. Por lo menos durante los días laborables resulta saludable y práctico definir un mosaico de acciones que se repitan y que nos ayuden a ahorrar tiempo y a cumplir con nuestras obligaciones cotidianas. Ya desde el momento de la ducha, acostumbrarnos a seguir un ritual que puede variar de persona a persona, pero no suele faltar en ninguna: una zona o parte del cuerpo que es la primera en limpiarse, la rasurada o la maquillada, la puesta de la ropa, y todo lo que sigue.

Y nadie podría decir que eso es malo, definitivamente. En la relación conyugal y en la convivencia familiar hay otra serie de acciones rutinarias que vale la pena mantener: el saludo amable en el primer lugar en el que se coincida, la pregunta diaria para saber cómo se ha pasado la noche, la tradicional bendición que se da a los hijos, el gesto cariñoso cuando hay que despedirse.

En la actividad laboral también: la sonrisa que alegra a los que nos vamos encontrando, la definición de la agenda del día para sacarle el jugo a las horas, el saber tomar los forzosos descansos que nos permiten mantener el ritmo de trabajo sin que el cansancio deteriore la calidad de lo que hacemos. Incluso en el descanso y la diversión caben conductas que se repiten y que no causan fastidio: la cita con los amigos, en el mismo lugar, a la misma hora, el mismo día de la semana o la visita con periodicidad ya prevista a una persona a la que queremos.

Las rutinas pueden resultar malas cuando tenemos una actitud negativa de fondo que nos impide reconocer su valor.

Cuando somos presas de la amargura, cuando vivimos permanentemente insatisfechos, cuando no le hemos encontrado el norte a la existencia, todo y todos nos molesta, y de todo y todos nos quejamos. Pero eso no es culpa de la rutina, sino de nuestra propia mala voluntad. Esa es la verdad.