Más noticias

Cristo, turista accidental

Dos cardenales, Brandmüller y Burke, han escrito a sus colegas pidiéndoles que rompan su silencio sobre la catástrofe que puede caer sobre la Iglesia si sale adelante lo que consta en el Instrumentum Laboris del Sínodo para la Amazonía. Ya he hablado suficiente sobre los errores de ese material de trabajo preliminar y no voy a volver a ello. Solo quiero añadir que las intervenciones de estos dos cardenales no van dirigidas contra el papa Francisco, aunque a alguno le pueda parecer eso. Se trata de ayudar al Papa en el gobierno de la Iglesia -y esa es una de las principales responsabilidades de los cardenales-, haciéndole ver a él y a todos que hay una oposición, respetuosa pero viva, a las herejías que se pueden aprobar. Un silencio generalizado en la Iglesia ante la posibilidad de estas herejías haría pensar que a nadie le importa o que todos están de acuerdo y dejaría al santo padre como el último y único defensor de la doctrina de la Iglesia. En un partido de fútbol, el portero tiene una importante misión que cumplir, pero la hace mejor si tiene adelante una buena defensa.

Pero los dos cardenales no son los únicos que han hecho oír su voz. Antes lo hicieron un grupo de teólogos marcadamente liberacionistas que publicaron un texto, conocido como el Documento de Bogotá, por el nombre de la ciudad donde se elaboró, en el que, entre otras cosas, se dice que todas las religiones tienen el mismo valor para conducir a los hombres a la salvación. La pretensión de que esa salvación viene por Jesucristo y se puede encontrar dentro de la Iglesia, así como de que en ella está la plenitud de la verdad, es llamada “exclusivismo intolerante”, el cual debe desaparecer para aceptar que “el cristianismo no tiene el monopolio de la salvación”.

Hay que refrescar la memoria para recordar que ese fue el principal motivo que llevó a monseñor Lefebvre a dejar la Iglesia tras el Concilio Vaticano II.