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Educar los sentimientos

San Pedro Sula, Honudras

A los padres de familia nos resulta natural buscar en la escuela el cómplice ideal para que nos apoye en la formación intelectual de los hijos. Incluso en los casos en los que se brinda educación formal en casa, lo que los ingleses llaman “home schooling”, esta puede darse con todas las garantías de aprendizaje, hasta cierto nivel, y tampoco puede obviarse un proceso de evaluación controlado por las autoridades educativas, que serán las que, al final, validarán o no los estudios.

Más complicada que la educación intelectual es la volitiva. Formar la voluntad, el carácter, la personalidad de un hijo exige esfuerzo personal, una clara intención de transmitir valores y la creación de un clima familiar en el que, además del cariño espontáneo, exista una disciplina y una manera de convivir que lleve a todos a practicar hábitos éticos como el orden, el respeto, la reciedumbre, la responsabilidad, la justicia y un no tan corto etcétera que contiene un indispensable elenco de virtudes humanas que enriquecen a la persona y facilitan su inserción en la vida social y en el mundo del trabajo.

Pero, más compleja aún y mucho menos atendida, es la educación afectiva, y de ella, la educación de los sentimientos. Si la educación es preparación para la felicidad, moldear los sentimientos de los hijos se torna capital.

Un hombre o una mujer que sean incapaces de autoposeerse, de dominar sobre sus estados de ánimo, sobre sus reacciones sensibles, serán hombres y mujeres que se moverán según el vaivén de sus emociones y carecerán de la objetividad y la cabeza fría necesarias para tomar las decisiones más importantes de su vida, esto es escoger carrera, seleccionar esposa o esposo, así como saber decir no cuando se debe y no ser como el legendario “Clemente” que solo sabe ir donde va el resto de la gente...

La educación de los sentimientos incluye, por supuesto, la enseñanza del pudor.

Esa virtud que nos ayuda a mantener la intimidad en el ámbito de lo privado y que se transforma en defensa en contra de la curiosidad malsana o el exhibicionismo.

En estos tiempos en los que está de moda hacer de la intimidad un espectáculo público, urge hacer ver a los hijos la importancia de respetar la intimidad de los demás y exigir el respeto de la propia.

Educar los sentimientos también implica enseñar el respeto a las formas de ser y pensar de los demás, a saber sintonizar con otras emociones, a gestionar conflictos y saber trabajar en equipo.

Como ven, educar los sentimientos es enseñar a vivir.