“Ya solo espero mi momento”: Hondureña se encogió en 30 años y solo mueve su cabeza
Doña Aurora Medina vive en agonía constante, apenas capaz de mover la cabeza mientras su cuerpo está inmóvil. Lleva cerca de tres décadas sin caminar y postrada sobre una cama en una humilde vivienda de tablas.
Foto: Moisés Valenzuela / LA PRENSA
Casi el 100% de las extremidades de su cuerpo están paralizadas debido a una aparente artritis reumatoide que la afecta con dolores desde que tenía 20 años de edad.
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Hace aproximadamente 30 años, la vida de doña Aurora Concepción Medina Martínez (64) comenzó a transformarse de manera inexplicable. Lo que empezó con un leve dolor en sus pies y una molestia en la columna vertebral, se convirtió en una cadena de padecimientos que la dejaron postrada sobre una cama, sin posibilidad de levantarse.
Durante su juventud, era conocida por su fortaleza y vitalidad, pero durante las últimas tres décadas ha vivido un calvario que pocos pueden imaginar.
- > Contactos de su hija Nolvia Centeno: 9708-8868 / 9808-6124
- > Cuenta de depósito de Banco de Occidente a nombre de Nolvia Dinora Centeno: 212050481661
- > Contacto y correo electrónico de periodista: 9559-5733 / jerson.trigueros@laprensa.hn
“Estaba bien, era joven, tenía cerca de 20 años cuando empezaron los dolores, se me hinchaban los pies, me dolía la columna, me cansaba con facilidad, y de repente, me llevaron grave. Así pasé durante años, entrando y saliendo de consultas con médicos, hasta que hace unos 12 años ya no pude más y terminé en esta cama”, relató doña Aurora, con voz temblorosa desde su humilde casa en la colonia Misión Ángeles, sector Tulián Campo, municipio de Omoa, en el departamento de Cortés.
Desde hace muchos años no ha vuelto a caminar ni mueve la mayor parte de sus órganos, ahora depende de su hija para todo.

El equipo periodístico de LA PRENSA Premium, conmovido por la desgarradora historia de la hondureña, se adentró al corazón de su hogar en el norte del país, sumido en el abandono y la pobreza.
Su delicada salud, sumada a la gravísima situación económica en la que se encuentra desde hace mucho tiempo, han convertido su vida en una lucha difícil de sobrellevar. Estas circunstancias no solo le han robado la posibilidad de alivio, sino que han hecho que cada día sea una carga más pesada de soportar, llevándola a una realidad donde la esperanza parece cada vez más distante.
A menos de 300 metros de un cementerio y del pavimento que conecta a San Pedro Sula con Puerto Cortés, Omoa, y la frontera con Guatemala, está situada su casa hecha de tablas, frágil y desgastada por el tiempo.

El silencio en su hogar es casi total, interrumpido únicamente por el zumbido de un pequeño ventilador de plástico, el susurro de sus oraciones y conversaciones de algunos parientes y vecinos que llegan a visitarla. El techo y las paredes de madera parecen absorber su dolor, mientras el sonido de la vida afuera, que ella apenas puede oír, es un recordatorio de lo que ha perdido.
Su casa está equipada apenas de una estufa y una nevera vieja casi vacía, sus días allí transcurren en un espacio que apenas merece llamarse hogar. La única habitación se entrelaza con la cocina y el comedor, un lugar donde la privacidad es un lujo inexistente.
Durante las noches posiblemente sea lo más difícil, cuando el leve frío se cuela por las grietas de la casa. Entre la oscuridad, su única compañía son los recuerdos de una vida que alguna vez tuvo, y que ahora se siente tan lejana como los sueños que ya no puede perseguir.
Cerca de su cama, una pequeña figura de la Virgen de Suyapa, acompañada de varios rosarios, es quizá un símbolo de su fe inquebrantable, es en la devoción a la Virgen donde encuentra consuelo, rezando cada día por fortaleza.

La situación de doña Aurora refleja los principios bíblicos de cuidado y compasión. En Éxodo 20:12 se nos recuerda: “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días sean prolongados en la tierra que el Señor tu Dios te da”. Este mandato se hace eco en el sacrificio y la dedicación de su hija Nolvia Dinora Centeno, quien la cuida las 24 horas.
Nolvia, con una devoción ejemplar, encarna el principio de honrar a su madre a través de su cuidado constante y desinteresado, demostrando un amor que va más allá de las circunstancias complejas.
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“Tuve tres hijos y fue a través de cesárea, me sentía cada vez peor, dicen que fue por la cantidad de anestesia que me pusieron, que me empezaron los dolores, y cada día me sentía mal”, mencionó doña Aurora, con inocencia y un hilo de voz, argumentando el motivo de su agresivo padecimiento que la postró permanentemente.

La señora recordó a su esposo, quien falleció de cáncer hace tres años, dejándola sola y enfrentando el sufrimiento. La casa improvisada y el poco terreno que les quedó fueron todo lo que pudo heredar, ya que él apenas ganaba dinero con su trabajo como agricultor.
Su historia también se tiñe de dolor con la pérdida de su hijo, asesinado hace algunos años. Una de las fotografías del joven se conserva sobre un estante de madera.
Fue un golpe devastador que la sumió en una profunda depresión, la cual, según contó, la consumió por completo: “Era gorda, pero cuando me dio la depresión me fui poniendo delgada hasta estar así cómo ahora”. Según su hija, poco a poco la articulaciones se fueron deformando: “Dicen que es artritis reumatoide”.

Durante los primeros años, doña Aurora siguió tratamientos que no siempre apaleaban su dolor. “Ahora, cuando me pongo mal le digo a mi hija que me dé medicina en la casa, no quiero ir a hospitales, ya he ido a muchos lugares y nada cambia”, manifestó.
La vida de doña Aurora está atrapada en un cuerpo que ya no le responde, día tras día permanece acostada, sin poder levantarse ni valerse por sí misma. Se alimenta y bebe únicamente a través de una pajilla, una rutina que subraya su indefensión, incluso abrir la boca, un acto simple, se ha vuelto una prueba, haciendo que cada intento de nutrirla sea un esfuerzo doloroso y lleno de frustración.

Su brazo derecho aún se mueve con dificultad, pero sus dedos torcidos y rígidos han dejado de obedecerle. El brazo izquierdo está completamente inmovilizado, y su mano, doblada en una postura antinatural, permanece tensa y rígida, como si el tiempo la hubiera petrificado. Sus piernas y pies, antes rectos, ahora están doblados, deformados por la parálisis que los ha modificado.
El único momento cuando la ancianita abandona la cama es cuando su hija, con esfuerzo e impotencia en el corazón, la levanta sobre sus brazos y la lleva a bañar, una acción cargada de amor, pero también de tristeza y resignación.

Hace unos 10 años fue cuando comenzó a encogerse de manera extraña, pues al principio, sus huesos crujían como si fueran bolsas de vidrio al levantar los brazos.
“Le dije a mi hija: ´¡Te lo juro que ya no puedo, hasta aquí no más!´, le dije que si quería, me podía dar comida en la boca, pero si no, que Dios haga su voluntad”, confesó con un susurro de consolación.
“No me siento bien, pero qué voy a hacer, no puedo más, solo esperar que se llegue mi momento, aún así siempre trato de estar alegre”, externó durante el clímax de la entrevista.

Desde hace unos días, la mirada de doña Aurora ha comenzado a nublarse, mira borroso en su ojo derecho y pareciera que un líquido se acumula. Los síntomas que siente son una señal alarmante de que necesita atención médica urgente, un oftalmólogo que pueda diagnosticar y tratar su condición antes de que sea irreversible.
Trasladarla es un desafío monumental y la falta de recursos económicos convierte esa necesidad en algo prácticamente inalcanzable. Sin más opción, la familia se limita a darle pastillas comerciales compradas en la pulpería, un remedio insuficiente que no hace más que retratar la desesperada crisis social que los rodea.

Sufre frecuentemente de dolores estomacales, fiebres y malestares constantes en el cuerpo. “Mi cerebro está clarito, lo tengo bien”, declaró con firmeza, como aferrándose a lo poco que aún puede controlar.
Doña Aurora sobrevive con lo mínimo: alimentos básicos, medicinas de bajo costo, pañales, toallas húmedas y otros artículos de higiene personal.
Comentó, con un tono molesto, que su casa está plagada de goteras que obliga a que su hija la reubique cada vez que cae lluvia, durante los meses de invierno.

Cuando la energía eléctrica se corta, el sufrimiento de doña Aurora alcanza nuevos niveles de desesperación, sin ventiladores en perfecto estado ni aire acondicionado para apaciguar el calor, el espacio se convierte literalmente en un infierno.
Aunque no se ven obligados a pagar por el servicio de electricidad debido a los escasos aparatos eléctricos que tienen y consecuentemente el bajo consumo, costean mensualmente el agua potable.
Su vida diaria es una constante lucha por encontrar algo que comer, sorteando entre lo que pueden reunir para sobrevivir. “Aunque sea arroz blanco no les falta”, exclamó otra joven pariente que las visitaba durante la entrevista.

Los días de doña Aurora se extienden en una eternidad marcada por una monotonía abrumadora. Sin ni siquiera un televisor que le ofrezca un respiro o distracción, su mundo se reduce a una sucesión interminable de horas vacías, la falta de recursos económicos les impide costear un servicio de cable.
Cada jornada se convierte en un reflejo gris del anterior y su existencia se hunde en la desesperación de una vida sin estímulos, sin diversiones y sin esperanzas de cambio.
La señora expuso que, recientemente, ninguna medicina ha logrado aliviar su condición, al contrario, su situación ha empeorado con cada intento de tratamiento.

Como si el dolor y la enfermedad no fueran castigo suficiente, las precarias condiciones de su vivienda y su ubicación contribuyen a que, con frecuencia, hordas de hormigas invadan su cama y su entorno, sin importar cuán limpio se mantenga todo.
“A veces, mi hija termina de bañarme y cambiarme, y de repente aparecen nubes de hormigas que se me acercan. No lo soporto y empiezo a gritar,” expresó nuevamente molesta, moviendo su cabeza de un lado a otro con desesperación.

“Vivimos con la ayuda que nos da la gente, del apoyo de la familia de vez en cuando, porque no puedo trabajar”, añadió su hija Nolvia, quien cuida de ella y de sus dos hijos de 14 y 11 años.
La valiente mujer confesó sentirse agotada, su día comienza temprano preparando comida, aseando la casa, y cuidando de su madre, solo cuando hay visitas puede permitirse descansar durante unos minutos.
“Termino cansada durante las noches de tanto lidiar con ella”, comentó, con lágrimas que salían de sus ojos, y quien a pesar del cansancio no deja de atender a su madre con cariño y dedicación.

Mayra Centeno, su otra hija, enfrenta problemas de salud similares en una colonia circunvecina, dejando a la familia sumida en un círculo de enfermedades y limitaciones. A pesar de todo, nunca les falta lo más esencial, aunque vivan con lo justo. “Siempre Dios nos bendice con gente de buen corazón”, exteriorizó doña Aurora, agradecida.
Cada pequeño aporte, cada gesto de solidaridad cuenta para esta familia que vive en condiciones difíciles. “Con cinco lempiras que me den, me siento bien, no pido una barbaridad, con lo que tengan voluntad de cooperar, aquí paso y necesito muchas cosas”, apeló doña Aurora durante su último llamado, frente al lente de LA PRENSA Premium.

Este medio de comunicación consultó a especialistas de la salud para comprender científicamente la evolución del caso de Aurora. Los médicos explicaron que su estado, afectado por una supuesta artritis reumatoide (diagnóstico no refrendado), pudo haberse deteriorado con el tiempo debido a varios factores.
Es posible que ella no haya recibido la asistencia médica adecuada, que los medicamentos administrados no hayan sido efectivos o que no se haya mantenido un control ni seguimiento estricto de su condición.

Con el paso del tiempo, la presunta artritis pasó a ser una causa determinante que la postró en la cama, donde la prolongada inmovilidad provocó una atrofia severa, resultando en un encogimiento progresivo de sus músculos y articulaciones.
Los expertos indicaron que, lamentablemente, para su situación actual no existe una cura que pueda restaurar su vida anterior. Los tratamientos disponibles solo pueden ofrecer una mejora en su calidad de vida, sin la posibilidad de revertir el daño ya hecho.
