“¡Yo no lo merecía!”: Lleva 20 años sin piernas y postrado en cama por una bala
Don Francisco Martínez ha estado en una cama durante más de 175,000 horas, un número que puede parecer abstracto, pero que encapsula años de dolor y, sobre todo, de mucha resiliencia y fe. Su historia de vida continúa dentro de una habitación del hogar de ancianos San Vicente de Paúl, en Puerto Cortés
Foto: Melvin Cubas / LA PRENSA
LA PRENSA Premium ofrece en exclusiva el testimonio de Francisco Martínez, quien, a pesar de las adversidades que enfrenta, mantiene una visión optimista de la vida.
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San Pedro Sula, Honduras.
En los pasillos del hogar de ancianos San Vicente de Paúl, ubicado en el barrio San Martín, de Puerto Cortés, las paredes han sido testigos mudos de tantas historias y vidas que han pasado por aquí, de cuántas más terminarán sus días en este lugar.
Los adultos mayores pasan durante el día en silencio, sentados sobre sillas de ruedas o apoyados en bastones, contemplando un horizonte que quizá solo ellos pueden mirar. El lugar huele a esperanza, mezclado con el aroma de las flores que están en medio de los pasillos y, pese al abandono que también se respira en el aire, todavía se esfuerzan por florecer.
Al entrar en el edificio, una noble monja que está a cargo me guía sobre los pasillos, caminando muy cerca de personas de extrema vejez, vidas de quienes, de alguna manera, han sido olvidados por el mundo exterior. Supe que don Francisco está en una ala muy tranquila del hogar, en una habitación muy limpia y cómoda.
- > Sor Marina (Asilo San Vicente de Paúl) : +504 9468-5434
- > Cuenta de Banco Atlántida a nombre de la iglesia católica/hogar de ancianos San Vicente de Paúl: 2010041689
- > Periodista Ariel Trigueros (La Prensa): +504 9559-5733
Nos detenemos frente al acceso de una habitación, el corazón se acelera un poco, allí cerca de la entrada está el protagonista de esta historia, un hombre cuya vida cambió radicalmente en un instante, un segundo en que todo se desmoronó.
Se trata de una habitación modesta, iluminada apenas por los rayos del sol que se cuelan por las celosías, al fondo, sobre una cama sencilla, miramos a don Francisco. Su figura es robusta, casi frágil, y su mirada, aunque cansada, conserva un brillo que parece desafiar el paso del tiempo. Nos acercamos lentamente, procurando no romper la quietud del lugar, donde está acompañado por otro de los ancianos que enfrenta problemas mentales.

Don Francisco es un hombre de pocas palabras, pero me comentaron que cuando habla sus expresiones son como lecciones de vida. Mis ojos se adaptan lentamente al espacio y es, entonces, cuando lo miro: está recostado sobre su cama, cubierto con una manta doble de color blanco que cubre su pesado cuerpo que solo llega a la mitad, su rostro muestra unas pocas arrugas, su cabello, entre blanco y negro, está muy corto y, aunque su mirada parece agotada, tiene una intensidad que me obliga a no apartar la mirada.
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“¡Buenos días, don Francisco!”, saludo, con una voz que procura ser suave, él gira la cabeza hacia nosotros y, tras un breve momento, nos dedica una sonrisa leve, pero genuina. Sus ojos parecen haber mirado demasiado y, aun así, se mantienen abiertos al mundo, atentos a cualquier detalle.
“¡Buenos días!”, responde con una voz rasposa, no tan clara, parece que tiene problemas con su dentadura o su habla. Minutos después me siento sobre una silla junto a su cama, a su lado izquierdo hay una especie de mesa que carga un gavetero de plástico pequeño donde al parecer guarda sus pertenencias.

“Hemos escuchado mucho sobre usted”, comienzo exclamando. “Dicen que es un hombre fuerte, un luchador, muy positivo”; él sonríe, esta vez un poco más ampliamente, pero en su mirada se asoma una sombra de nostalgia, le brillan los ojos...
La vida a veces nos pone en situaciones en las que no nos queda otra opción más que seguir adelante, aunque no sepamos cómo.
Don Francisco tenía alrededor de 45 años, no podemos ser precisos, ya que no existe un registro que lo confirme y su memoria tampoco nos lo permite; sin embargo, sabemos que fue un hombre con ideales y una vida prometedora, hasta que un día todo cambió: en medio de un enfrentamiento con delincuentes, una bala se alojó cerca de su columna vertebral.
Aquella herida lo dejó sin piernas con el paso del tiempo y la vida que conocía se esfumó de repente, dejándolo postrado, primero en una cama de hospital y, luego, en esta habitación del hogar.
A veces cierra los ojos y recuerda cómo solía caminar cuando era joven, pero cuando despierta, el sueño se desvanece y la realidad lo golpea. Sus primeros años fueron los más duros, aceptar que nunca volvería a caminar, que su independencia se había ido, fue un proceso largo y doloroso.

Había días en los que la desesperación lo consumía, en los que no encontraba motivos para seguir, pero con el tiempo encontró una forma de sobrellevar su situación, un día a la vez.
”Es difícil estar sin mis dos piernas, ya no es igual como antes, era lindo, yo caminaba, me trasladaba para donde quería, iba a la pulpería, a comprar refrescos. Cuando los médicos me dijeron que me iban a quitar las piernas, los demás pacientes me preguntaban que si no tenía miedo a morir, pero todo lo dejé en manos de Dios, no quería que me las quitaran, pero no había otra opción, y cuando desperté ya no las tenía, estuve convaleciente como 15 días”, rememoró.
Lo más difícil hace un tiempo no solo fue perder las piernas, también ausentarse de la esperanza, pero aquí, en este lugar, aprendió que todavía había algo por lo que vivir: las personas que conoce, las historias que escucha, cada uno aquí tiene algo que contar, y eso lo hace sentir que, de alguna manera, todavía forma parte del mundo.

Mientras hablamos, noto cómo su mirada se desvía de manera periódica hacia las paredes y los pasillos externos, sus ojos se iluminan ligeramente al recordar. Habla de su juventud, de los sueños que tenía, sus palabras son pausadas, poco entendibles, pero llenas de una sinceridad que solo alguien que ha observado la vida en su crudeza puede manifestar. A lo largo de la conversación pudimos darnos cuenta que evita hablar de los detalles más oscuros de su experiencia, como si revivir esos momentos fuera demasiado doloroso.
Ha encontrado consuelo en la paz de este hogar de ancianos, en la compañía de otros huéspedes del asilo que son como su familia y amigos, y en los recuerdos que conserva con tanto cariño. Aunque su cuerpo esté limitado, su mente viaja libremente, explorando mundos a través de las noticias que mira en la televisión o lo que escucha en la radio, recordando las historias que vivió.
Fugocidad
Era una noche de Semana Santa de 2005, dentro del sector Rivera Hernández de San Pedro Sula, cuando don Francisco, entonces un hombre lleno de vida y sueños, se encontraba en el lugar equivocado en el momento equivocado.

Dos delincuentes irrumpieron el barrio y, en medio de un conflicto que también involucraba a uno de sus hermanos, una bala le alcanzó un punto cerca de la columna vertebral. La herida fue devastadora con el tiempo y los médicos tuvieron que amputarle ambas piernas.
El día de la tragedia él regresaba del trabajo y decidió entrar a la Rivera Hernández, donde se encontraba uno de sus hermanos. Al llegar, miró que su familiar estaba acompañado por dos individuos que parecían amenazarlo. Don Francisco, montado sobre su bicicleta, decidió intervenir, suplicándoles que lo dejaran en paz, pero los sujetos no mostraron compasión alguna; en lugar de retirarse, respondieron con frialdad, diciéndole que no lo harían y exigiéndole que les entregara su bicicleta.
Don Francisco, sin pensarlo dos veces, tomó un par de piedras y se lanzó contra los asaltantes, decidido a defender a su hermano. En medio de la discusión que cruzó la frontera de las palabras, uno de los atacantes sacó un arma de fuego y, sin titubear, le disparó cerca de la columna vertebral, dejándolo inmovilizado al instante.

Después del ataque, los delincuentes huyeron del lugar, dejándolo gravemente herido, luego fue llevado de urgencia al hospital Mario Catarino Rivas y tiempo después fue trasladado al Instituto Hondureño de Seguridad Social (Ihss).
Tratar a alguien en su estado requería atención médica especializada, pero las precarias condiciones del sistema de salud del país complicaron su recuperación, sumado a las débiles condiciones económicas de ese momento.
Su herida se fue agravando hasta que se gangrenó y, a causa de las úlceras, los médicos se vieron obligados a amputarle una pierna aproximadamente dos años después del incidente. Dos años más tarde le amputaron la segunda pierna. Esto sucedió aproximadamente entre 2005 y 2008.

Fuerte afectación
Los primeros años fueron especialmente duros, tuvo que adaptarse a una nueva realidad, aprendiendo a cuidar de él y ajustándose a sus nuevas necesidades.
Don Francisco relató que fue abandonado por su familia en el Seguro Social de San Pedro Sula. “Ellos están regados en varios lados, me dejaron solo, me sacaron de la casa incluso por un pedazo de tierra”, afirmó.
Originario de Santa Rosa de Copán, se dedicaba a labores agrícolas antes de emigrar a San Pedro Sula, donde residió en la colonia El Periodista. Durante su estancia en la ciudad trabajó en el área de mantenimiento para diversas empresas locales.
Le pregunto sobre aquellos días, cuando recibió el disparo y luego perdió sus piernas, que lo llevó a quedar postrado en una cama durante casi dos décadas. Don Francisco asiente, como si el peso de los recuerdos estuviera apretándole el pecho, con palabras cargadas de una resignación que solo los años pueden otorgar.

Su voz se quiebra ligeramente al reflexionar sobre cómo despertó en un cuerpo que ya no reconocía, en una realidad que le resultaba ajena, fue lo más aterrador que había vivido hasta ese momento.
“Me arrepiento de haber estado allí ese día, a veces pienso que mejor hubiera muerto, no haber quedado así, yo no lo merecía, pero así pasó todo. Me ha costado vivir así, ahora muy raras veces salgo en silla de ruedas porque me llago rápido”, externó durante la entrevista concedida a LA PRENSA Premium.
Este hombre, que ahora tiene 65 años, ha pasado durante más de 19 años postrado sobre una cama, sin sus dos extremidades, con enormes dificultades para poder moverse.
Lo sucedido significó un cambio radical, la falta de movilidad trajo consigo complicaciones de salud como úlceras por presión, problemas circulatorios y dolor crónico. Estos desafíos físicos son solo una parte de la batalla, el impacto emocional ha sido igualmente significativo.
“Siento largos los días. Hace un tiempo pasaba enfermo, pero ahora gracias a Dios me siento mejor, he estado con tratamientos”, explica con voz muy baja mientras mira de frente hacia mí y al fotógrafo Melvin Cubas.
Él padece de diabetes mellitus y toma medicamentos diariamente para el control de la enfermedad. Esto también complicó la situación.
Apoyo encontrado
En 2011, tras mediar con los responsables del hogar de ancianos San Vicente de Paúl, logró ser admitido a pesar de que la institución generalmente solo acepta personas de 80 años en adelante, debido a su excepcional condición. Anteriormente había estado hospitalizado durante aproximadamente cinco años.
Le pregunto sobre esos primeros años en el hogar, cómo logró encontrar sentido a su vida en medio de tanta adversidad. Don Francisco suspira y, tras un momento de silencio, comenta que la vida no siempre es justa, pero siempre hay algo por lo que vale la pena seguir adelante.
Todo este tiempo ha aprendido que, aunque el cuerpo pueda fallar, la mente y el espíritu son lo que realmente nos define, no importa cuán difícil sea el camino, siempre hay una manera de encontrar la paz, si estamos dispuestos a buscarla.

“De alguna manera me he resignado a aguantar todo lo que se viene, pero afortunadamente estoy con vida”, exterioriza en medio de una combinación de sonrisa y tristeza.
Antes de despedirme, le pregunto si hay algo que le gustaría decir a aquellos que, como yo, escuchan y leen su historia. Él se queda en silencio por un momento, como si estuviera eligiendo cuidadosamente sus palabras. “A quienes están pasando algo similar les digo que se resignen, nada se puede hacer, solo Dios con uno”, reflexiona.
”Me siento bien en este centro, ya me acostumbré y paso la mayor parte del tiempo acostado, pero no crea, quisiera estar alentado y andar caminando, estar bien de salud”, dice.
Don Francisco hace un llamado para recibir apoyo con sus necesidades continuas. Aunque el hogar de ancianos San Vicente de Paúl le proporciona todo lo que está a su alcance gracias a su labor social, respaldada por la subvención de la iglesia católica en el país, aún requiere elementos esenciales. Entre sus necesidades primarias se encuentran pañales, colchones de agua y artículos de higiene personal.
Este hogar en Puerto Cortés, que lleva 30 años en funcionamiento, alberga actualmente a 21 adultos mayores, de los cuales cinco son mujeres y 16 son hombres. Solo don Francisco lleva unos 13 años siendo parte.

Entre las principales necesidades del centro se encuentran pañales de pegar talla M y L, jabones, cloro, rasuradoras y otros productos de aseo, así como alimentos. También se aceptan aportes económicos, los cuales son administrados por una parroquia local.
El hogar de ancianos, aunque lleno de esperanza, enfrenta sus batallas diarias, las necesidades son tan grandes como las historias de sus ocupantes, cada una con un pasado lleno de de retos y sueños no cumplidos.
Nos preguntamos cómo podemos, como sociedad, enfrentar estas cuestiones que parecen tan abrumadoras y olvidadas. La historia de don Francisco es un recordatorio crudo de la fragilidad de la vida y la importancia de nuestra capacidad para la empatía y la acción.
Al salir de la habitación nos damos cuenta que hemos conocido a un hombre que, a pesar de haber perdido tanto, ha encontrado una forma de seguir adelante, de mantener su dignidad intacta. Es un hombre que, aunque una bala le arrebató sus piernas, no permitió que le quitara su humanidad.

La doctora Dania Euceda, quien ha brindado asistencia médica a don Francisco, proporcionó una perspectiva más profunda sobre las complicaciones de salud que ha enfrentado a lo largo de estos años.
“No se cuenta con un historial detallado de lo que vivió don Francisco durante su internamiento en el Ihss, pero debido a la herida por arma de fuego que sufrió a nivel de su columna, esto le habría dejado con algún grado de parálisis de sus miembros inferiores y con alteraciones en el control de sus esfinteres (músculo), lo cual le predispuso a complicaciones severas, como infecciones y ulceraciones en la piel de las principales zonas de presión del cuerpo al estar en un encamamiento prolongado”, orientó la galena.
Esto concluyó en la amputación de ambas piernas y otras intervenciones quirúrgicas que faciliten sus necesidades básicas.
“Con el paso del tiempo ha tenido que enfrentarse a las múltiples complicaciones que esto conlleva. Sus cuidados van desde el uso permanente de un colchón de agua y otros insumos médicos”, apuntó la médico.
Sor María de Jesús, quien es parte del equipo multidisciplinario que trabaja atendiendo a los adultos mayores que se encuentran en este asilo, se refirió al enorme rol que desempeñan en pro de aquellos hombres y mujeres de avanzada edad que atraviesan situaciones complejas y requieren múltiples necesidades pata tener una vida digna.
“Aquí se trata de atender a los ancianos con varias cosas, entre ellas comida, en su cuidado personal, proporcionamos albergue, vestuario, se les lleva a pasear a la playa algunas veces y se les hace terapia en un espacio especial que tenemos”, comentó la religiosa.
“Lo que se hace aquí son obras sociales y logramos mantenernos gracias al respaldo que tenemos por parte de la iglesia católica”, resaltó.

Al cruzar el umbral del hogar, cuando ya se acercan las 12:00 del mediodía, el sol nos recibe con su calor y el ruido de la ciudad porteña nos envuelve de nuevo, pero algo dentro de nosotros había cambiado entonces. Esta narrativa nos recordó que la vida, aunque a veces dura y cruel, siempre puede ser enfrentada con dignidad y valor, si hay voluntad de hacerlo.
La reflexión es inevitable: la verdadera misión es garantizar que cada vida y cada historia reciba la atención y el respeto que merece.
La historia de don Francisco es solo una parte de un relato más grande, uno que nos desafía a mirar más allá de lo evidente y actuar con humanidad. La vida de este hondureño de 65 años, marcada por la tragedia y la resiliencia, nos deja dos preguntas sin responder: ¿cuántas historias más como la de don Francisco quedan por descubrir? ¿Cómo podemos asegurar que no sean olvidadas?
