Ruptura de las familias, el principal aliado que tienen las pandillas
Cuando menores se salen de control por su participación en maras, frecuentemente terminan en centros de internamiento para infractores.
Foto: LA PRENSA
Menores infractores se rehabilitan con talleres en formación técnica y educativa.
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San Pedro Sula, Honduras.
San Pedro Sula, Honduras. En muchos barrios y colonias vulnerables de nuestras ciudades, las maras y pandillas constituyen una atracción peligrosa para niños y adolescentes.
La falta de oportunidades, la violencia y la desintegración familiar son factores clave que incitan a muchos menores a ver en estos grupos una vía de escape. En sectores afectados por la delincuencia y con recursos económicos limitados, las organizaciones criminales se convierten en una opción seductora para buscar pertenencia y seguridad.
En este contexto, Lelys Paz, sociólogo de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, sostiene que los menores crecen en un entorno que condiciona la vida, influenciando lo que ven y experimentan, convirtiéndose en el foco de atención de grupos para captarlos y sumarlos a sus filas.
“La desintegración familiar es un factor clave en este fenómeno, muchos niños crecen sin una figura paterna, pero tampoco se puede culpar directamente a ellos. Un niño que cambia su conducta y que no obedece órdenes de sus familiares cercanos, refleja la ausencia de normas y códigos, mientras que la relación con sus padres, de quienes debería recibir cariño y afecto, a menudo no cumple con estas necesidades emocionales”, detalló el académico.

Para Paz, es fundamental que en la familia haya inteligencia emocional y salud mental positiva. “Si la normalidad en la familia es vivir en armonía, el niño entenderá eso como normalidad, pero cuando hay problemas, esto repercute y buscan satisfacer sus necesidades en la calle”, apuntó.
En opinión del catedrático universitario, es crucial que haya seguridad emocional y material, un techo y acceso a educación para que se desarrollen adecuadamente. Por otro lado, realizar estudios estadísticos para ofrecer soluciones a tomadores de decisiones, mejorar condiciones de vida de las familias y trabajar con campañas que enseñen cuál es el camino correcto desde la moral.

Las condiciones psicológicas también hacen que muchos jóvenes busquen en los grupos un refugio emocional y una forma de encontrar identidad y pertenencia en medio de la adversidad.
Francis Fernández, psicólogo especialista en abordaje de menores que infringen la ley, refrendó que estas situaciones se derivan de hogares donde las figuras paternas no están funcionando adecuadamente, es entonces cuando las bandas proporcionan un sentido de pertenencia.
El especialista en salud mental aseguró que menores que integran las pandillas no son sociópatas en sí, pero sí presentan rasgos, ya que tienen empatía selectiva con sus compañeros y familiares, pero no con los rivales o con la población en general, lo que les impide desarrollar una empatía social.

“Hay muchos factores de riesgo en el exterior, ellos suelen empezar a consumir sustancias como cigarrillos y marihuana a los 12 años, generalmente en el contexto de las maras”, agregó.
Fernández reflexionó que jóvenes poseen muchos problemas emocionales y falta de figuras de autoridad, por lo que buscan la supervivencia en las estructuras, así como sentido de lealtad y pertenencia, lo que hace que su empatía esté separada del contexto emocional y mental.
Con propósito
LA PRENSA Premium visitó el Centro de Menores de El Carmen en San Pedro Sula, donde actualmente hay 21 menores, de entre 13 y 24 años. Un total de 14 menores están como cautelares y siete como sancionados. La población común es del 85% y un 15% pertenece a a estructura MS.
Faltas: 40% por violación, 40% por tráfico de drogas, 20% entre asociaciones, portación de armas, homicidio, asesinato y maltrato familiar.
Martín Pérez Suazo, director del centro, declaró que “hemos logrado vincular hijos con sus familias, fortalecer vínculos sociales y afectivos que se habían roto. Hemos desarrollado una vinculación entre diferentes poblaciones para eventos generales, donde todos participan sin conflicto, además de realizar abordajes especializados y ofrecer talleres varios”.

El funcionario calificó este trabajo como “complejo”, ya que “se cree que la responsabilidad es únicamente del Estado, pero originalmente recae en padres, los principales responsables. Invito a la sociedad a entender que aquí no albergamos lo peor, sino a jóvenes que necesitan una nueva oportunidad para una plena reinserción”.
- > Apostarle a la disminución de deserción en centros educativos, generar más fuentes de empleo a nivel privado o apoyar con capital semilla para emprendimientos, también son alternativas
- > La sociedad civil en el país realiza actividades de esparcimiento para integrar a grupos de menores vinculados con pandillas y brindan talleres de música, pintura, barbería, otros.
A pesar de este panorama, actualmente están en ejecución programas y estrategias comunitarias destinados a prevenir este fenómeno social. La tarea de evitar que los menores se unan a pandillas es un desafío complejo que demanda un enfoque integral. La combinación de programas comunitarios, apoyo educativo y la generación de oportunidades es determinante para transformar positivamente la vida de muchos jóvenes.
Lourdes Ramírez, quien desde el 2015 participa en programas de prevención de violencia, promoviendo una cultura de paz e impulsando iniciativas para la generación de oportunidades para la juventud, considera que el reclutamiento de menores principalmente se debe a ausencia de la familia y la orfandad estatal, que no focaliza programas de desarrollo municipal con enfoque en prevención de violencia ni garantiza necesidades mínimas de familias, especialmente en acceso a alimentación, salud y educación de calidad.

“Recuerdo a un joven que dijo: ´No he integrado las pandillas porque no se me ha dado la oportunidad´, entonces allí vemos que existe una admiración o sentido de pertenencia por estas organizaciones que incluyen a niños y jóvenes que no tienen familias sostenibles”.
La analista expuso que hay una marcada violencia en escuelas públicas, donde incluso maestros hacen caso omiso y guardan silencio por miedo. Del mismo modo, la violencia intrafamiliar, donde niños son maltratados por sus padres, mientras que la mara les ofrece aparente seguridad.
“Los impactos más significativos en historias que conozco: Niños que no pueden cruzar de una calle a otra por fronteras invisibles que existen, niños que pierden sus pelotas de fútbol porque cruzó la otra calle y si van a traerla pueden perder la vida, niñas y jóvenes que son abusadas y los vecinos guardan silencio porque si hablan o intervienen ya saben qué les pasa”, ejemplificó.
Ramírez pormenorizó que los programas de prevención de violencia funcionan, pero no abarcan todas las comunidades, se requieren políticas públicas enfocadas en protección a la niñez desde que nace y darle un seguimiento durante la primera infancia, educación primaria y secundaria, que tenga un círculo de protección comunitario que en conjunto con las autoridades locales, velen por la protección de sus derechos, que supervisen sus avances escolares, que cuiden su salud física y mental.
Entre las alternativas propuestas por la experta se incluyen: que el Estado establezca políticas públicas dirigidas a generar empleo en comunidades vulnerables; incentivar a la empresa privada ofreciéndoles la aprobación de todos los beneficios si instalan sus negocios en áreas estigmatizadas, y exigir que al menos el 80% de los puestos de trabajo sean ocupados por residentes locales.

Arnold Linares, pastor evangélico con más de 40 años de experiencia de vida en Rivera Hernández, uno de los sectores más conflictivos del país, destacó que una de las principales misiones de la iglesia es alcanzar a los perdidos, incluyendo jóvenes, niños y familias.
“Hemos encontrado una sociedad que desprecia a los niños, vienen con el desprecio de padres, pero nosotros queremos abrazarlos, comer con ellos, platicar, atenderlos y compartir con ellos. Les enseñamos principios bíblicos porque vienen con un historial dañado, con la autoestima totalmente baja, sienten que nadie cree en ellos”, lamentó el líder religioso.

Linares comentó que los integran para que sean parte de los ministerios y actividades, luego, se convierten en un testimonio, mostrando sus heridas y sus disparos.
“Hace años hubo muchas muertes, perdimos una generación de niños y jóvenes completamente, nos encontrábamos con montones de muertos durante varios días a la semana. Aquí, por ejemplo, hay un cementerio donde se enterró a la mayoría, fue entonces cuando llevé a varios jóvenes -pandilleros- a ver el cementerio, les pedí que miraran las edades en las cruces: 10, 12,13 y 16 años. Les dije que eran jóvenes que conocí, con quienes estuve, les pedí que reflexionaran, que ese iba a ser su lugar si no cambiaban”, reflexionó el líder evangélico, quien también colabora con centros de alcance para rescatar a miembros de maras y pandillas en San Pedro Sula.
Linares concluyó expresando frente al lente de LA PRENSA Premium, en un mensaje directo a las pandillas, que, “no somos dueños de nada, no somos dueños de ninguna calle ni de ningún barrio, Dios nos hizo para ser alguien de bien”.