“Lo miré cambiar frente a mis ojos, ya no era mi hijo, era un extraño”
Residente de Chamelecón contó cómo 7 de sus amigos de infancia aparecieron encostalados y tiroteados, otros desaparecieron sin dejar rastro
Foto: LA PRENSA
Trabaja como cocinero y ha sido testigo durante más de 30 años como sus amigos de infancia fueron seducidos y atrapados por pandillas.
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En los barrios y colonias más pobres de San Pedro Sula, las historias de violencia de las maras son demasiado comunes. Francisco (nombre irreal para proteger su vida), cuenta cómo su hijo, cuando apenas tenía 11 años se unió a las pandillas en el sector Chamelecón buscando respeto entre sus pares.
“Él era un niño bueno, siempre con una sonrisa”, recuerda con voz entrecortada, “pero una vez que entró en la mara todo cambió”. Su hijo no tardó en verse envuelto en actividades criminales, desde extorsiones hasta enfrentamientos con bandas rivales.
“Lo miré cambiar frente a mis ojos, ya no era mi hijo, era un extraño, muchas cosas cambiaron en él”, exclamó. Desde que el menor ingresó a la estructura han pasado cinco años. Con el tiempo, se alejó de su casa y luego desapareció repentinamente, como si la tierra se lo hubiera tragado.
Francisco asegura que no sabe dónde está, nunca más lo ha visto y teme que haya sido asesinado y enterrado en algún cementerio clandestino.

El reclutamiento por parte de la Mara Salvatrucha, la Pandilla 18 y otras organizaciones más pequeñas como “Los Vatos Locos”, “Los Tercereños”, “Los Ponce” y “Los Aguacates”, no es un fenómeno nuevo en barrios y colonias de sectores como Chamelecón, Rivera Hernández y Los Cármenes, en San Pedro Sula.
Hace más de dos décadas, los jóvenes ingresaban voluntariamente a estas pandillas buscando un sentido de pertenencia y protección, hoy, sin embargo, las tácticas han evolucionado, los líderes de las pandillas ahora emplean amenazas y manipulación emocional para atraer a niños cada vez más jóvenes, exacerbando la vulnerabilidad de estas zonas.
“Como padre no tenemos más opción que aceptar la realidad, no hay alternativa, al principio castigamos a los hijos, pero estos no cambian, y al final debemos resignarnos. He sabido de casos de padres que los envían a otros lugares para que no se sigan perdiendo, pero ya cuando están metidos o tienen problemas, los mandan a Estados Unidos también”, declaró Francisco en su testimonio para LA PRENSA Premium sobre la cruda realidad que enfrentan las familias de lugares conflictivos.
“Usualmente, cuando un hijo entra a la mara, al padre no le queda otra opción que resignarse y aceptar lo que venga, conscientes de todo lo que puede pasar. En mi caso, cuando voy a trabajar a las 5 de la mañana me encuentro con ellos y no me hacen nada, pero es porque ya me conocen y no me meto con ellos, aún así, a uno le da pesar mirar a muchachos jóvenes drogándose, fumando y unos pocos hasta con armas”, externó.
Francisco comentó que, allá por los años 2000, en su zona de residencia, algunos mareros se metían a robar en las casas, tanto de día como de noche, derribando puertas; sin embargo, esto fue disminuyendo con el pasar del tiempo. Hoy en día, confiesa que las cosas han cambiado y que, hasta cierto punto, se sienten tranquilos y seguros.
“Antes, lo más que hacían era pedirle dinero a uno cuando caminaba por las calles, y a quienes querían entrar a la organización los golpeaban como prueba de resistencia; es decir, era voluntario, no obligatorio”, dijo. Actualmente, según investigaciones policiales, de todas las estructuras organizadas que operan en el país, la Pandilla 18 es la única que obliga a menores a ingresar a sus filas. .

Francisco, quien ha trabajado como cocinero durante muchos años, relata con mucho pesar cómo varios de sus amigos, con quienes solía jugar en los campos y reunirse en las esquinas para conversaciones amistosas, fueron cambiando de rumbo.
“Tuve unos 15 amigos que entraron a la mara, eran niños tranquilos, les gustaba el fútbol y no tenían vicios. Al ingresar a la escuela y al colegio se formaron grupos y, en esas interacciones, se fueron metiendo en las maras, creo que por engaños o promesas”, añadió.
Pormenorizó que se trataba de niños de familias cristianas, de familias desintegradas, y de padres profesionales, de todo un poco.
“Una vez que entraron a la mara, comenzaron a hablar menos con uno, lo miraban diferente a uno, vestían y hablaban distinto”, apuntó.
Expuso que, de su grupo de amigos de infancia, al menos siete fueron asesinados; algunos aparecieron con disparos en el cuerpo y otros encostalados en zonas fuera del sector de su residencia. También mencionó unos pocos terminaron presos, otros de ellos desaparecieron y ciertos siguen activos en las pandillas.
Francisco comentó que sus amigos comenzaron a ingresar a las pandillas desde los 13 y 14 años, y que varios de sus hermanos también los siguieron, especialmente en las dos pandillas tradicionales en el país : MS y Pandilla 18.