El libro del Génesis nos dice que cuando Dios creó el sol y la luna dijo: “Haya luceros en el firmamento celeste, para apartar el día y la noche, y sirvan de señales para las estaciones, días y años”. La palabra hebrea que el autor sagrado emplea para designar las estaciones es “moéd”, que se utilizaba también para hablar de fiestas hebreas.

Y es que el pasar del tiempo para el pueblo judío no era anónimo, sino conmemorativo, el tránsito de las cuatro estaciones se enmarcaba con festividades llenas de significado espiritual y profético, pues el concepto de la historia no era el de una espiral cíclica interminable, sino el de un camino puesto en marcha por Dios, dirigido y orientado hacia su plenitud en el final de los tiempos.

Esta visión de mundo y de historia repercute en la visión de Dios y de hombre, pues si somos conscientes de que ha habido un inicio, intuimos también que habrá un fin. De aquí se desprende un propósito, un sentido, un norte para la vida, que no es otro que Dios mismo, que jalona la historia del mundo y de cada ser humano. Todas las fiestas judías comparten aún dos aspectos esenciales: no son de Israel, son de Dios, tiempos para recordar las acciones divinas en favor de su pueblo, y en segundo lugar apuntan al futuro, más allá de ellas mismas. La Iglesia ha heredado esta visión histórica, pero planificada en Cristo (cumplimiento de ese futuro), de tal manera que los cristianos entendemos que el devenir histórico es el sitio en donde Dios actúa, nos ama y nos salva, pero cuya máxima expresión de actuación intrahistórica ha sido su encarnación, pues Dios, que está fuera del espacio y el tiempo, entró en la historia, un día concreto y en lugar específico, a través del verbo hecho hombre, con el único propósito de entregar su vida por amor para salvación del mundo. Por eso, las fiestas en la Iglesia están marcadas por los tiempos litúrgicos; sin embargo, a diferencia del pueblo de Israel, que conmemoraba hechos del pasado, “en el tiempo de la Iglesia, situado entre la Pascua de Cristo, ya realizada una vez por todas, y su consumación en el Reino de Dios, la liturgia celebrada en días fijos está impregnada por la novedad del Misterio de Cristo. De esta manera lo que los cristianos celebramos es el misterio de la vida de Jesús en el aquí y ahora, donde continúa actuando y salvando. Cuando la Iglesia celebra el Misterio de Cristo, hay una palabra que jalona su oración: ¡Hoy!, como eco de la oración que le enseñó su Señor (Mt 6,11) y de la llamada del Espíritu Santo (Hb 3,7-4,11; Sal 95,7). Este “hoy” del Dios vivo, al que el hombre está llamado a entrar, es la “hora” de la Pascua de Jesús, que atraviesa y guía toda la historia humana”. Por eso el domingo pasado hemos iniciado el tiempo de Adviento, tiempo de espera para celebrar la Navidad, y que nos recuerda que toda la vida es “Adviento”; es decir, advenimiento y espera de la vuelta de Cristo, que nos anima a disponer el alma cada día para enfrentar los retos y desafíos, sabiendo que el futuro no nos pertenece y que, pase lo que pase, caminamos a un mismo fin, el encuentro con aquel que nos ha amado y salvado para la eternidad.