A principios del siglo XIX, los órganos que se instalaban en iglesias y en auditorios de algunas universidades funcionaban con un fuelle de aire que era proporcionado por una persona que daba vueltas constantemente a una manija montada en un volante.

El gran organista Hilario Prádanos se había iniciado en la música como niño de coro, recibió formación del maestro Antonio García Valladolid y de este acabó tomando el gran estilo orquestal y ampuloso de moda en aquellos años.

Daba un concierto ante personajes del Colegio Mayor de Santiago de Zebedeo, en Salamanca. Se trajo a un muchacho joven y fuerte para dar vuelta a la manija y proporcionar así el aíre suficiente. La presentación del famoso organista se haría en dos días.

El primero fue un éxito sorprendente, el público no cesaba de aplaudir al final. Prádanos, de pie, se inclinaba agradeciendo el aplauso. De pronto sintió que alguien le jalaba de la levita, era el muchacho del fuelle que, con los ojos brillantes de emoción, le decía: “Qué bien lo hicimos, ¿verdad?”.

El maestro molesto le contestó: “¿Lo hicimos? ¡Palurdo! ¡Yo soy el músico!”. Los aplausos constantes hicieron que la conversación no trascendiera al público.A día siguiente en la culminación del concierto se cerró con “Tempestad”, una fogosa interpretación. El muchacho del fuelle, “el palurdo”, apena daba vuelta al fuelle.

El maestro lo animó a media voz, ¡más fuerte, por Dios! ¡tú puedes! Y este puso más fuerza aún que el primer día. El éxito fue resonante. El músico llamó esta vez al muchacho al frente y lo abrazó, lo presentó al público, que renovó el aplauso para ambos.

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