Te amo desde mi niñez

En su libro Orar con los Salmos, Carlos G. Vallés describe el salmo 45 y me parece que recibe una fuerte inspiración; además, su interpretación es fabulosa: “Romance de un rey y una reina, esponsales de un príncipe y una princesa, alianza entre Dios y su Pueblo, unión de Cristo con su Iglesia.

Este es un poema de amor entre Tú y yo, Señor; es nuestro cántico privado, nuestra fiesta de amor espiritual, nuestra intimidad mística. No es extraño que me sienta inspirado y las palabras fluyan de mi pluma. Me brota del corazón un poema bello, recito mis versos a un rey; mi lengua es ágil pluma de escribano. ¡Qué bello eres, príncipe de mis sueños! Eres el más bello de los hombres, en tus labios se derrama la gracia, el Señor te bendiga eternamente, Dios te ha ungido con aceite de júbilo. A mirra, aloe y acacia huelen tus vestidos, desde los palacios de marfiles te deleitan las arpas.


Hoy quiero dejarlo todo a un lado y decirte, pura y simplemente, que eres maravilloso, que llenas mi vida, que sé que me amas, y que yo te amo más que a ninguna otra cosa o persona sobre la tierra. Eres lo más atractivo que existe, Señor, y tu belleza me fascina con el encanto infinito que solo Tú posees.


Te amo desde mi niñez. Descubrí tu amistad en mi juventud, me enamoré de tus evangelios y aprendí a soñar cada día con el momento de encontrarte en la Eucaristía. Si alguna vez ha habido un idilio en la vida de un joven, ¡este lo fue! Para mí la fe es enamorarse de ti, la vocación religiosa es sostener tu mirada, y el cielo eres Tú.

Esa es mi teología y ese es mi dogma. Tu persona, tu rostro, tu voz. Orar es estar contigo y contemplar es verte. La religión es experiencia: ‘Venid y ved’ es el resumen de los cuatro evangelios y de toda la escritura. Verte es amarte, Señor, y amarte es gozo perpetuo en esta vida y en la otra. Has escogido lo mejor del lenguaje humano, las expresiones más intensas, más íntimas, más expresivas, para describir nuestra relación; y ahora yo me apropio ese vocabulario con reverencia y alegría.

El amante sabe escoger palabras, acariciarlas, llenarlas de sentido y pronunciarlas con ternura. De ti he recibido estas palabras, y a ti te las devuelvo reforzadas con mi devoción y mi amor. ¡Bendito seas para siempre, Príncipe de mis sueños!”