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“Si me regresan, me muero”

Si deportan a Jonathan a Honduras se va a morir. Este joven de 16 años de edad sufre de fibrosis quística. Su hermana mayor murió de la misma enfermedad, que, entre otras cosas, atasca los pulmones con flemas imposibles de sacar; pero esa tos letal no pareció importarle al funcionario que le envió una carta al padre y la madre de Jonathan diciéndoles que la familia tenía 33 días para irse de Estados Unidos. ​Esa carta para Jonathan era una sentencia de muerte.

¿Qué pasa si te regresan a Honduras?, le pregunté en una entrevista vía satélite poco después de que recibieran la carta. “Pues básicamente la muerte”, me contestó, cerca del Children’s Hospital en Boston, donde recibe el tratamiento que lo ha mantenido con vida. “Me ha pasado en ocasiones que si no hago el tratamiento un día empiezo a toser bastante. Me canso, me cuesta respirar bastante, sufro de dolores de estómago y no suelo digerir bien la comida, eso es lo que me pasa si no los hago en un día”.

​Jonathan y sus papás, Gary y Mariela, entraron como turistas a Estados Unidos hace tres años. Luego solicitaron quedarse a través de un programa “médico de acción diferida” para que Jonathan pudiera recibir su tratamiento.

No es una categoría migratoria muy grande, aunque salva muchas vidas. Cada año, cerca de mil personas son beneficiadas, según reportó recientemente The New York Times; ​pero el mes pasado, sin ningún aviso previo, la agencia encargada de otorgar esos permisos migratorios -United States Citizenship and Immigration Services (Uscis)- decidió cancelarlos casi todos. El mensaje para Jonathan fue fulminante: “Pues básicamente que debo dejar el país en 33 días o voy a ser deportado”.

Mariela, la mamá de Jonathan, no lo podía creer y llamó para pedir una explicación. “Solo nos dijeron que nuestra solicitud había sido negada”, me contó. “Que no podían darnos nuestra extensión. Para nosotros fue un shock.

Yo tenía el teléfono en altavoz y lo primero que (Jonathan) dijo fue: ‘Yo me muero. Mami, si me regresan a Honduras, yo me muero’”.

Los Sánchez la han pasado mal y ya saben a qué se enfrentan. La hermana mayor de Jonathan murió en Honduras de la misma enfermedad. “Cuando nuestra hija nació, los médicos no sabían ni siquiera qué diagnosticar”, me dijo Gary entre lágrimas. “Nadie sabía lo que ella padecía”. En un esfuerzo desesperado le tomaron una prueba de sangre a su hija y la enviaron, congelada, a Estados Unidos. Poco después llegó el resultado a Honduras: efectivamente padecía de fibrosis quística, pero la información llegó demasiado tarde, la niña ya había muerto.

​Y para no repetir la historia con Jonathan, los Sánchez emprendieron el camino hacia el norte. ​Jonathan y sus papás hicieron todo legalmente. Entraron a Estados Unidos legalmente, solicitaron su permiso de estadía médica legalmente y tramitaron sus extensiones legalmente; pero el gobierno de Trump les dijo que no… hasta el martes pasado.

Sin mucha publicidad, y sin reconocer ninguna equivocación, Uscis informó que volverá a considerar solicitudes médicas como la de Jonathan. Gary, en una llamada telefónica, me confirmó que sus abogados ya recibieron instrucciones para volver a presentar una extensión para la familia.

Eso salvaría a Jonathan. El gobierno de Trump no pudo contra la presión que Jonathan y otros pacientes les pusieron al contar sus desgarradoras historias en los medios de comunicación y en las redes sociales.

Quisiera escribir que la moraleja de esta historia es que el bien siempre triunfa o que, como dicen algunos, las cosas siempre pasan por algo. Yo no creo nada de eso, pero sí hay algo más fuerte. ​Durante la entrevista le pregunté a Jonathan qué le pediría a las personas que lo querían deportar.

“Que no me maten”, fue su respuesta, brutal y directa. No hay nada más poderoso y conmovedor que cuando un niño lucha por su propia vida. En eso sí creo.