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Viudas y huérfanos, la solidaridad

Una sociedad que ignora a sus miembros más débiles es una sociedad que arraiga su confianza en el poder del más fuerte, y esa confianza se convierte en una patología social muy peligrosa, por lo cual el cuidado por las viudas, los huérfanos, así como la defensa de los pobres y de los derechos de los extranjeros es el antídoto correcto para contrarrestar las consecuencias de cualquier patología social.

Todos los que escribimos lo hacemos por presunción. Presumimos que tenemos algo que decir, presumimos que la gente necesita escuchar, pero también presumimos que alguien en algún lugar nos pondrá atención y se detendrá en lo que expresamos.

Esa es una esperanza, tal vez muy remota; pero es lo que nos mantiene porque creemos que en algún momento a alguien le devolverá la fe. Siempre que las sociedades enfrentan grandes crisis económicas y sociales se buscan mecanismos que puedan aliviar el sufrimiento, siempre se buscan medidas que amortigüen las pérdidas y produzcan compensación.

Así se hace con los productores con rebajas de impuestos y con facilidades de crédito, pero no se hace nada por estos segmentos de la población que han sufrido como víctimas inocentes de la violencia y la criminalidad.

Si ya de por sí la situación económica de las familias hondureñas es precaria, qué podemos decir que sucede cuando falta el padre, que es el motor económico de una familia, cuán grande es el desequilibrio que produce la pérdida de un padre o de una madre, por igual, ya que ambos son los pilares sobre los que se construye una familia.

Sin embargo, eso es justamente lo que ha sucedido con miles de familias hondureñas, miles de niños en orfandad, miles de mujeres en su viudez, sin que nadie se acuerde de ellos, sin que nadie se ocupe de buscar mecanismos que ayuden a paliar el sufrimiento económico que trae consigo la muerte del jefe de familia.

Venimos de una ola de criminalidad que nos ha ubicado en la cúspide de los países más violentos del mundo, y las noticias se quedarán siempre allí, en la sangre derramada, que vende más fácilmente la noticia, en vez de en las consecuencias que eso también nos ha dejado y nos deja todavía: miles de niños que no tienen pan, miles de mujeres que no tienen empleo, miles de familias destruidas por esa violencia.

Sin embargo, es necesario mirar hacia el otro lado, a todas las sociedades que han padecido la violencia y la criminalidad, a todas las que han sufrido la pérdida de sus miembros les toca tarde o temprano mirar hacia atrás para ver el dolor y el sufrimiento, para buscar mitigarlos.

La solidaridad de la sociedad para con los miembros más débiles no es solo una cuestión de bondad, es un imperativo moral de toda sociedad que se dice civilizada o cristiana, es un imperativo que debe calar en lo más profundo de nuestras conciencias si queremos que la sociedad cambie, y tenemos como meta acabar con esos patrones mentales que nos llevan a pensar que el más fuerte tiene la razón.

Lo que hagamos por nuestras viudas y huérfanos, lo que hagamos por todas estas víctimas, será la siembra que nos promete una sociedad más justa y más humana.