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Vivir en el olvido

Han sido múltiples las muestras de pesar por la muerte de 27 personas en el naufragio de una embarcación pesquera, en el Caribe hondureño. Honduras ha estado de luto.

La zona de la Mosquitia, de gran riqueza natural, pero enorme pobreza de su población, de un momento a otro lamentablemente por una tragedia, ha sido objeto de atención de los medios de comunicación masiva.

La pobreza de su gente, la escasez de empleo, las malas condiciones en las que realizan trabajos de pesca -que aceptan porque no hay opción- han quedado en evidencia. Las personas que viven en aquella tierra salieron de su silencio. Sólo de vez en cuando han merecido la atención de la prensa especializada por asuntos como el reciente descubrimiento de especies que se creían extintas y que allí se han encontrado, o por la “Ciudad Blanca” que parece esconderse en la aún abundante vegetación.

El éxodo de hondureños misquitos es evidente desde hace varios años; están dejando su tierra, o quizás debamos decir su paisaje, porque las necesidades humanas requieren algo más que lo que allí tienen. Es frecuente encontrarlos no solamente en las zonas aledañas al departamento de Gracias a Dios, sino en Tegucigalpa y San Pedro Sula. Cada vez son más, buscan integrarse a la vida citadina, pero no pasan desapercibidos, más allá de sus rasgos físicos, por su acento casi extranjero, aún en su propio país.

¿Por qué huyen del “paraíso”? Uno de los jóvenes sobrevivientes explicó a los medios de comunicación que “aquí el único trabajo que hay es en el mar”, quizás esa sea una explicación válida. Se van porque no hay oportunidades de desarrollo, porque la propia vida es demasiado corta para esperar que en algún momento la situación mejore.

Si aún en las ciudades encontramos tanta exclusión, a ojos de todos, es difícil pensar lo que pueda pasar allá, en el permanente olvido. Porque son pocos, podría imaginar cualquier mente pragmática; pero igual aquí, en plena ciudad, “los pobres son muchos” -como escribió el poeta Roberto Sosa- y sus condiciones si bien no son olvidadas, sí son ignoradas por una población que opta por hacerlo así, para no incomodarse.

El naufragio de la embarcación Capitán Waly puso de manifiesto la Honduras de tierra adentro, la de prácticas arcaicas, allá donde la salud y la seguridad ocupacional no cuentan, donde la gente más allá de vivir, sobrevive.

Hay que investigar las causas del naufragio, tanto como los motivos que llevan a la gente a poner en riesgo su propia vida en altamar. No son números, no son votos, son personas.
Honduras no es la misma para todos los que vivimos en ella. Estamos con un pie en el mundo globalizado, el que queda en jaque cuando las redes sociales digitales fallan, pero el resto del cuerpo continúa en otro lado, como si se tratara de una dimensión diferente, pobre, dura y triste. El olvido no hará nunca que la situación mejore.

El doloroso episodio de la muerte de 27 hondureños ha sacado a flote lo que vive la Honduras de allá, lejana, inhóspita, pero igualmente nuestra.

Ojalá la investigación ordenada por el Poder Ejecutivo dé resultados, no solamente para el conocimiento, sino para la acción en beneficio de la población misquita.