Convicción y represión
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Aprender la lección para no seguir tropezando en la misma piedra ni atribuir los inmensos y graves desafíos del país a conductas individuales, es necesario y urgente fortalecer la institucionalidad, rodear de muralla impenetrable la justicia, sus operadores y su apego a la ley para hacer realidad, no mero dicho, “es dura, pero es la ley”, cuya aplicación no debiera tener dedicatoria ni en su creación o reformas para casos concretos inocultables. Ley para todos, justicia universal.
Es iluso pensar que los cambios en los comportamientos personales y colectivos llegarán de la noche a la mañana, por varita mágica. Como es utopía, envuelta en la dialéctica y demagogia, que las promesas de radical transformación, llámase como se llame, abrirán las puertas de par en par a la justicia, el bienestar, la convivencia y la paz. No queremos decir que sea imposible pero sí apuntar que “lo que vale cuesta” y hay que lograrlo con sacrificio y renuncia.
No es clase de ética, sino un llamado a la reflexión pues son décadas en que “el que puede, puede” y así se ha debilitado aceleradamente la administración de la justicia, cuya aplicación ha ido reduciendo cada vez más su campo y su rigidez. Desde aquellos días en que el Poder Judicial era trofeo de campaña y se adjudicaba como tal no ha transcurrido tanto tiempo y se mantienen esos fuertes nexos con el poder político y la influencia empresarial.
El largo y espinoso proceso de cambio requiere el compromiso sincero de arriba hacia abajo, lo cual ya sugiere la primera incógnita, pues son los de arriba quienes se cobijan en la justicia “injusta” y la legalidad “ilegalidad”, pero todo ello protegido por la trampa que dicen los juristas que lleva de la mano cada ley. Y si no es la ley, son los operadores, total que el resultado es el mismo o similar.
Más de uno habrá recordado las aporías de Senén. Un enunciado lógico, pero racionalmente inviable o de gran dificultad real de manera que en la vida resulta sin solución, sin salida. Por décadas hemos venido escuchando ese discurso de aporía que no llega a la conclusión lógica y racional.
Necesitamos hablar claro para entendernos, sin intenciones ocultas, pero más urgente es dejar las palabas y dar prioridad a los hechos en el camino recto hacia la justicia, la convivencia y el bienestar. Recuperar la confianza en las instituciones pasa por la ética y honestidad de quienes las rigen, cuya conducta tiene dos puntos de referencia: convicción que es lo mejor o represión, repuesta necesaria para los que caminan que son muchos, por caminos torcidos, como dicen en el pueblo.