Creer en la Iglesia
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Salí hacia la clínica llevando un pequeño folleto de D. Jesús Ortiz López, sacerdote y profesor de la Universidad de Navarra, titulado “Creer en la iglesia”. Sabía que la espera sería larga y decidí aprovechar el tiempo, pues en mi corazón late una inquietud grande sobre la misión eclesial en los tiempos que corren.
Durante el mes de septiembre los festejos del Bicentenario han pretendido fortalecer el amor patrio, recordando las gestas de los próceres, exaltando las riquezas naturales, artísticas, empresariales e incentivando los valores cívicos, morales y espirituales. La iglesia por su parte, celebraba el mes dedicado a las Sagradas Escrituras, al mismo tiempo que centraba sus esfuerzos en atender a los migrantes que sufren en su periplo hacia una tierra que les promete un mejor futuro.
En estas dos breves descripciones de la realidad nacional y eclesial se resume el genio del ser cristiano, somos ciudadanos peregrinos en este mundo, lo que conlleva deberes y derechos, pero también ciudadanos residentes de otra patria, la del cielo en comunión de fe y vida con Cristo y los hermanos. Sin duda es una realidad compleja, exigente y desafiante si quiere vivirse en coherencia, según los valores que cada una de estas realidades encierra. Creer en la Iglesia es creer en su misión, en la causa que lleva entre manos, que no es otra que llevar adelante la causa de Cristo, implantar el Reino de Dios a través del testimonio de sus ciudadanos, siendo fieles discípulos y misioneros en el hoy de nuestra vida como tantos cristianos lo han hecho a lo largo de la historia. Después de haber leído el folleto, salí de la clínica de vuelta a casa, la tarde era propicia para elevar el espíritu con las enseñanzas que había reflexionado.
Mientras admiraba la luz del atardecer, la belleza de las flores, el paisaje de El Merendón, el vigor de la vida comercial y productiva de la ciudad, trataba de llegar a una síntesis. Ser cristiano en la doble dimensión de su ciudadanía exige dar la vida con empuje y decisión por la verdad, la justicia, la dignidad del trabajo y la defensa de la vida desde su origen hasta su ocaso natural, por amor a Dios y a los hermanos. Esto no es nada nuevo, sin embargo, la inquietud se vuelve mayor cuando se ve venir la caravana de un circo que se repite cada cuatro años, desde una parodia de personajes enajenados por la droga, el poder, el placer y la codicia, especialmente por los bienes públicos que se reparten como una piñata caída al suelo en un fiesta infantil.
Creer en la Iglesia es gritar muy alto frente a todos los que sin escrúpulos desean seguir humillando a Honduras y a sus hijos. Es saber que tenemos el derecho a frenar a quienes están dispuestos a seguir burlándose de nuestros sueños y anhelos por una auténtica vida mejor, esos sueños que también llevan en su corazón los migrantes, los que meditan las Sagradas Escrituras y los que nos esforzamos por trabajar con honradez. A ustedes señores y señoras les digo, conviértanse y crean en el evangelio, dejen de robar, dejen de matar, dejen de burlarse de la salud y de la vida del pueblo. Revístanse de entrañas de misericordia y aprovechemos el tiempo presente para edificar la nación que nos merecemos según los valores que tanto hemos proclamado y celebrado: el amor, la justicia y la paz.