El reino
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Una hermosa oración de cuaresma dice en una de sus partes: “Esta es la hora en que el corazón encuentra abrigo para lograr alivio a su dolencia y, al evocar la edad de la inocencia logra en el llanto, bálsamo y castigo.”
Estamos a pocas semanas de terminar el tiempo de cuaresma, “Hora” en la que la Iglesia nos ha llamado, por medio de la Palabra de Dios, del ayuno, la limosna y la oración, a uns auténtica conversión del corazón. No está siendo para nada una cuaresma fácil, a nuestra Iglesia diocesana la ha golpeado fuertemente, y ante los últimos eventos bélicos mundiales, la pandemia que no terminar de ceder y la crisis económica que apenas comienza, puede surgir el cansancio, la inquietud, la hartura y el desconsuelo.
Pero las prácticas cuaresmales están orientadas a capacitar nuestra mirada, para contemplar con voluntad de cambio los claroscuros del alma, y con misericordia la realidad que nos rodea, por difícil que parezca. Porque Cuaresma no nos encamina hacia la crucifixión, sino hacia la resurrección, la cual nos invitará a percibir con mayor claridad y transparencia el corazón de la predicación de Jesucristo, que es el anuncio del Reino de Dios. Porque las malas noticias que llegan hasta nosotros a diario solo pueden combatirse con la buena nueva de la salvación, el anuncio de la liberación de todos nuestros opresores, especialmente del pecado y del mal.
Compartiendo con otros la alegría de conocer a Dios, de ser conocidos por Él, de verlo, amarlo, y ser amados y perdonados por su Hijo. Cuando nos damos cuenta del peso y el valor de esta verdad en la propia vida, la realidad del evangelio se torna tan importante, que todo lo demás en la vida se relativiza, convirtiéndose en lo “demás”, que llegará por añadidura, si de verdad buscamos el Reino de Dios (Cfr. Mt 6,33). Pero este Reino no es un espacio geográfico, un territorio, como los reinos de este mundo, se trata de un estado existencial, en el que cada hombre y mujer, por convicción y conversión, reconocen la soberanía y el amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo en su propia vida.
El Reino de Dios es un acontecimiento, no un espacio, es una persona, más que una ideología, el Reino de Dios está donde está Cristo, donde Él es conocido, amado, honrado y anunciado. Solo un corazón arrepentido es capaz de dar cabida a una vida redimida, y solo donde hay conversión se podrá instaurar el Reino de Dios. Arrepintámonos de corazón y pidamos con fe, ¡Que venga tu reino Señor!, y que venga pronto.