A construir momentos
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La mía no era una abuela tradicional. No añoro sus platillos, porque nunca aprendió a cocinar y, en consecuencia, lo hacía verdaderamente mal; sin embargo, abrazo su recuerdo casi a diario, porque supo construir momentos imborrables, de esos a los que vale la pena recurrir una y otra vez.
Mi abuela materna era una combinación de mujer fuerte, trabajadora, recta y de corazón muy noble. La vida se había encargado de moldear a aquella que fue una niña consentida y convertirla en una persona capaz de hacerse cargo de la incipiente empresa familiar, cuando el abuelo estuvo en el exilio por sus ideas políticas.
A pesar de las experiencias duras de su vida, o quizá precisamente por ellas, doña Elisa o doña Licha como era ampliamente conocida en Santa Rosa de Copán, sabía ser esa combinación de fortaleza y dulzura.
Sus nietos huíamos cuando decidía –raras veces- entrar en la cocina; pero amábamos jugar en el amplio patio de aquella casa que nos parecía mágica. Los abrazos de la abuela tenían la particularidad de llenarnos de energía, de hacernos sentir un verdadero calor de hogar.
Recordaba nombres y fechas de cumpleaños de forma impecable.
Ese cariño se extendía a los amigos más cercanos de sus nietos, que también eran bienvenidos a aquella casona, que solo cerró sus puertas tras su muerte.
Aquella gran conversadora, mujer de mucha lectura e iguales decisiones, supo sacar adelante no solamente su hogar, sino la empresa familiar que posteriormente lideró su hijo. Pero quizá el legado más valioso que dejó, más allá de lo tangible, son los momentos construidos en la mente y corazón de sus hijos, nietos y bisnietos.
Sin lugar a dudas, la vida es una sucesión de momentos, por eso estamos llamados a buscar construir los mejores. ¿Qué tipo de papel jugamos en esos retazos de memoria que quedan grabados en las personas que conocemos?
A veces con plena conciencia, otras más sin darnos cuenta, vamos por nuestra existencia tocando levemente o acaso como un viento arrasador la vida de muchas personas. Nuestro núcleo familiar, las amistades, los compañeros de estudio y de trabajo.
La red de impacto sigue creciendo en la medida en la que ampliamos nuestras relaciones. Nadie es una isla, de modo que nuestra presencia o ausencia en la vida de otros genera un efecto. ¿Afecto o indiferencia? ¿Respeto o temor? ¿Alegría o tristeza?
La vida está llena de todo tipo de historias, unas para recordar como ejemplo a seguir, otras para evitar, pero todas nos enseñan algo. La clave es encontrar la sabiduría para conocer la diferencia.
Con motivo de las celebraciones de Navidad y Año Nuevo vale la pena pensar y repensar ¿qué momentos vamos a construir? ¿Cuál será la calidad de esos recuerdos? En las acciones de cada uno de nosotros está siempre la posibilidad de dejar huellas positivas o cicatrices.
De vez en cuando vale la pena reflexionar, hacer conscientes nuestras actitudes y trabajar sobre ellas, no por aparentar, sino con plena convicción de lo que somos y hacemos.
Si hemos cometido algún error, si hemos dañado a alguien querido, este es el mejor momento del año para pedir perdón, para reconstruir; pero también para perdonar aún y cuando nunca hayamos recibido siquiera una disculpa.
Para mí es el momento para recrear la casa de mi abuela, no físicamente, pero sí en los momentos que pienso construir con los míos, para que alguna vez puedan pensar en mí, como yo lo hago, dando gracias a Dios por haberla tenido en mi vida.
Le invito a hacer acopio de los mejores momentos de su niñez y juventud. Allí encontrará inspiración para hacer lo propio. ¡Feliz Navidad para todos!
las columnas de LP