Nueva Arcadia, Copán.
Con un viejo fusil automático que había obtenido a cambio de un quintal de maíz, el campesino José Emilio Ramírez mató a su madre en el momento en que esta le servía una taza de café.
Ahora que está preso jura hincado al pie de las rejas que el arma se le disparó en forma accidental como tocada por el diablo. Sus tres hermanos y la comunidad de Los Pozos, adonde sucedió el hecho, creen que dice la verdad porque conocen su sano juicio.
La señora María de Jesús Ramírez cayó de espalda sobre el piso de tierra tras recibir un tiro en la frente mientras se encontraba en cuclillas frente a su hijo.
Su cuerpo fue bajado de Los Pozos el pasado lunes por familiares y vecinos para ser sepultado en Nueva Arcadia, una comunidad de coheteros a la que pertenece la aldea.
En el momento en que “el diablo entró’’ en la vivienda de bahareque había otras dos personas: don Celso Vásquez, el hombre con quien la ahora difunta compartió 44 años de su vida, y una nieta de la pareja.
Aunque ambos solo escucharon la detonación del 22 porque estaban adentro, libran de culpa también a José Emilio. Por más que don Celso trabajó sembrando milpas en tierras alquiladas no hizo más que para el bocado diario de la familia.
A sus 75 años está prácticamente “terminado por el azadón y el machete; apenas hace dos tareas de milpa”, comenta su hijo Adelso Ramírez.
Sus hijos heredaron su amor al trabajo y han seguido su trayectoria de agricultor, aunque no siempre las cosechas son generosas, como pasó con la reciente sequía.
“Como no aboné la milpa porque de repente se vino el verano, me quedó de este tamaño”, dice Adelso Ramírez poniendo el dorso de su mano derecha a una corta distancia del suelo.
Sin embargo, no se rinde y ya está “sabaneando la tierra” para volver a sembrar. Los cuatro hermanos vivieron apegados al regazo de los padres hasta que cada uno encontró su pareja y se fue a levantar su propia choza en la aldea.
La tragedia
El día que sucedió la tragedia, José Emilio y Adelso se habían ido a montear, pero luego de un rato y no lograr cazar nada decidieron regresar a sus casas. Adelso recordó que el rifle 22 le hizo una mala jugada a su hermano.
Resulta que cuando este tuvo en la mira a una ardilla, se le enconchó el tiro. Ya para despedirse volvió a probar el arma y entonces sí disparó.
Al dirigirse a su casa, José Emilio decidió pasar viendo a su madre, a la que encontró en la cocina hirviendo agua para el café, según relató en su celda.
Mientras la señora terminaba de preparar la bebida, el hombre salió al patio a cortar “un ramito de plátano” y al volver a la cocina ya estaba servido su aromático.
Su madre tomó la taza de ella y se puso en cuclillas frente a él como era su costumbre cuando quería estar cómoda. José Emilio se sentó en una silla colocando el rifle sobre sus piernas y tratando de zafarse un machete recortado que andaba al cinto porque le estorbaba.
En el movimiento que hizo, el machete se enredó en un cordón que le había amarrado al 22 para colgárselo al hombro.
El cordón a la vez haló el gatillo del arma y se produjo el estallido que puso fin a la existencia de doña María de Jesús. “No me acordaba de que estaba bala en boca”, expresó.
Creyendo que la bala solamente le había rozado la frente, José Emilio acudió a tomarla en sus brazos para auxiliarla, pero cuando comprobó que estaba muerta tuvo miedo y salió corriendo asustado buscando la montaña.
“Quedé como ido de la mente y loco me fui por un guamil por miedo a que mis hermanos me echaran la vaca”. En su desesperación tiró el rifle al monte sin que hasta la fecha se sepa si alguien lo encontró.
Su hermano Adelso aseguró que José Emilio se quiso suicidar lanzándose de un barranco, sin embargo, se detuvo en un charral de uva silvestre.
La noche lluviosa lo encontró en el monte mientras la Policía lo buscaba para pedirle que se entregara. Por medio del número de celular que los hermanos le dieron al inspector Gerardo Zúñiga, los agentes hicieron varios intentos por comunicarse con él hasta que por fin les contestó. A medianoche lo llevaron a una cárcel de La Entrada, adonde permanece mientras espera el fallo de la justicia.
Con un viejo fusil automático que había obtenido a cambio de un quintal de maíz, el campesino José Emilio Ramírez mató a su madre en el momento en que esta le servía una taza de café.
Ahora que está preso jura hincado al pie de las rejas que el arma se le disparó en forma accidental como tocada por el diablo. Sus tres hermanos y la comunidad de Los Pozos, adonde sucedió el hecho, creen que dice la verdad porque conocen su sano juicio.
La señora María de Jesús Ramírez cayó de espalda sobre el piso de tierra tras recibir un tiro en la frente mientras se encontraba en cuclillas frente a su hijo.
Su cuerpo fue bajado de Los Pozos el pasado lunes por familiares y vecinos para ser sepultado en Nueva Arcadia, una comunidad de coheteros a la que pertenece la aldea.
En el momento en que “el diablo entró’’ en la vivienda de bahareque había otras dos personas: don Celso Vásquez, el hombre con quien la ahora difunta compartió 44 años de su vida, y una nieta de la pareja.
Aunque ambos solo escucharon la detonación del 22 porque estaban adentro, libran de culpa también a José Emilio. Por más que don Celso trabajó sembrando milpas en tierras alquiladas no hizo más que para el bocado diario de la familia.
A sus 75 años está prácticamente “terminado por el azadón y el machete; apenas hace dos tareas de milpa”, comenta su hijo Adelso Ramírez.
Sus hijos heredaron su amor al trabajo y han seguido su trayectoria de agricultor, aunque no siempre las cosechas son generosas, como pasó con la reciente sequía.
“Como no aboné la milpa porque de repente se vino el verano, me quedó de este tamaño”, dice Adelso Ramírez poniendo el dorso de su mano derecha a una corta distancia del suelo.
Sin embargo, no se rinde y ya está “sabaneando la tierra” para volver a sembrar. Los cuatro hermanos vivieron apegados al regazo de los padres hasta que cada uno encontró su pareja y se fue a levantar su propia choza en la aldea.
La familia no creía lo que había pasado, fue un dolor muy grande.
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La tragedia
El día que sucedió la tragedia, José Emilio y Adelso se habían ido a montear, pero luego de un rato y no lograr cazar nada decidieron regresar a sus casas. Adelso recordó que el rifle 22 le hizo una mala jugada a su hermano.
Resulta que cuando este tuvo en la mira a una ardilla, se le enconchó el tiro. Ya para despedirse volvió a probar el arma y entonces sí disparó.
Al dirigirse a su casa, José Emilio decidió pasar viendo a su madre, a la que encontró en la cocina hirviendo agua para el café, según relató en su celda.
Mientras la señora terminaba de preparar la bebida, el hombre salió al patio a cortar “un ramito de plátano” y al volver a la cocina ya estaba servido su aromático.
Su madre tomó la taza de ella y se puso en cuclillas frente a él como era su costumbre cuando quería estar cómoda. José Emilio se sentó en una silla colocando el rifle sobre sus piernas y tratando de zafarse un machete recortado que andaba al cinto porque le estorbaba.
En el movimiento que hizo, el machete se enredó en un cordón que le había amarrado al 22 para colgárselo al hombro.
El cordón a la vez haló el gatillo del arma y se produjo el estallido que puso fin a la existencia de doña María de Jesús. “No me acordaba de que estaba bala en boca”, expresó.
Creyendo que la bala solamente le había rozado la frente, José Emilio acudió a tomarla en sus brazos para auxiliarla, pero cuando comprobó que estaba muerta tuvo miedo y salió corriendo asustado buscando la montaña.
“Quedé como ido de la mente y loco me fui por un guamil por miedo a que mis hermanos me echaran la vaca”. En su desesperación tiró el rifle al monte sin que hasta la fecha se sepa si alguien lo encontró.
Su hermano Adelso aseguró que José Emilio se quiso suicidar lanzándose de un barranco, sin embargo, se detuvo en un charral de uva silvestre.
La noche lluviosa lo encontró en el monte mientras la Policía lo buscaba para pedirle que se entregara. Por medio del número de celular que los hermanos le dieron al inspector Gerardo Zúñiga, los agentes hicieron varios intentos por comunicarse con él hasta que por fin les contestó. A medianoche lo llevaron a una cárcel de La Entrada, adonde permanece mientras espera el fallo de la justicia.
Foto en vida de María de Jesús Ramírez.
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