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Nubes y arado

Sin quitar el dedo de la llaga, la corrupción, no demos la espalda a otros temas, algunos de ellos habituales en esta época del año y otros originados en acontecimientos imprevistos de importancia, no frívolos. La gráfica de archivo que fortalece el titular de LA PRENSA sobre el tiempo de siembra para los productores del Valle de Sula, es sumamente ilustrativa y presenta una de las herramientas más antiguas en las labores agrícolas, el arado romano, sobre el que siglos y siglos gravitó la actividad en el campo, pero con la llegada de la máquina quedó casi en el olvido.

La lluvia y la siembra son tema de la temporada que año tras año presentan mayores dificultades para tomar decisiones sobre las cuales recaerá el éxito o el fracaso de la cosecha. Los adultos radicados de niños en el campo recuerdan bien aquellos tiempos en que los primeros días de mayo en horas de la tarde llegaba la tormenta con puntualidad inglesa. Tierra, semilla, todo listo porque todavía no se le ha había hecho tanto daño al ambiente y la masiva contaminación con gases de todo tipo no habían roto, aunque estaba a punto de hacerlo, el equilibrio. En pocas palabras se alteró el régimen regular de lluvias y hubo que adaptarse a la incertidumbre de la situación agroclimática.

En algunas zonas ya ha llovido y la esperanza de una buena y pronta cosecha aumenta los riesgos, pero “quien se durme...”. En otros sectores como en el Valle de Sula y el Aguán el consejo es esperar pues el fenómeno de El Niño sigue condicionando la preparación de la tierra y la siembra que, en esta ocasión, no será antes de junio. En el ciclo de primera se centran las esperanzas de una buen cultivo para lo que también se dispone de terrenos con sistemas de regadío y otros incorporados en los últimos años abastecidos con agua cosechada durante el invierno.

Si aludimos al arado romano, lo hacemos también a las nubes de las que están pendientes los campesinos de los pequeños e irregulares terrenos para sembrar la milpa o el frijolar, cultivos que unidos al arroz fortalecen la seguridad alimentaria y posibilitan las exportaciones a países vecinos, sin debilitar la dieta tradicional de los hondureños.

El campo y la seguridad alimentaria se integran en la oferta del proselitismo electoral, pero más se tarda en elaborar propuestas que en olvidarlas por lo que es necesario revisar las políticas crediticias a la producción agrícola, no a la posesión de tierra, los programas de modernización del equipo y la constante capacitación del campesino para enfrentar los cambios en el clima, la degradación de la tierra y el racional y buen uso del agua cada vez más escasa. Arado y nubes siguen atando el campo al pasado, pero hay que abrir más caminos a la modernidad.