Nos enseñaron a creer que la democracia es el punto de partida. Que nacimos en ella, que vivimos en ella, que moriremos bajo su sombra generosa. Que votar cada cuatro años es un acto sagrado. Que elegir es libertad. Que libertad es plenitud. Y, sin embargo, algo no cuadra. Algo se siente vacío, como un eco sin origen.
Honduras es, formalmente, una democracia. Lo ha sido por décadas, con pequeñas interrupciones -algunas abruptas, otras disimuladas con lenguaje técnico y observadores internacionales. ¿Pero somos realmente una democracia? ¿O hemos sido un ritual democrático con esencia autoritaria?
Los países que hoy nos sirven de espejo -Suecia, Inglaterra, Francia, Estados Unidos- todos atravesaron siglos de imperio, de absolutismo, de sangre. Fueron monarquías, dictaduras, colonizadores. Y solo después, con huesos rotos y ciudades incendiadas, se convirtieron en democracias. ¿No será que la democracia es una cima que no se alcanza sin antes arrastrarse por el valle de la fuerza?
No propongo dictaduras. Tampoco gobiernos militares ni iluminismos tropicales. Solo propongo preguntas. Preguntas como las que Michel Foucault nos invitaba a hacernos: ¿quién define qué es libertad?, ¿qué intereses se esconden detrás de los discursos sobre derechos?, ¿quién vigila cuando decimos que estamos gobernándonos a nosotros mismos?
En Honduras, la democracia ha sido administrada por élites que cambian de bandera pero no de intereses. ¿Elegimos realmente, o simplemente giramos una ruleta donde siempre ganan los mismos apellidos? ¿Podemos hablar de democracia en un país donde el hambre y el miedo deciden más que la voluntad?
Y sin embargo, en otras latitudes, la democracia no ha sido el camino al desarrollo. Singapur, una ciudad-estado vigilada, controlada, obsesionada con el orden, ha florecido sin pluralismo político. En el Golfo Pérsico, monarquías como Arabia Saudita, Bahréin, o los Emiratos, han convertido desiertos en vitrinas del siglo XXI sin abrirle la puerta a las urnas. ¿Y si el orden, y no la elección, es el primer peldaño del progreso?
¿Estamos, en Honduras, obsesionados con una democracia sin cimientos? ¿Queremos los frutos sin haber sembrado los árboles? Porque ser democracia no es solo contar votos: es construir ciudadanía, redistribuir poder, cultivar confianza institucional. ¿Lo hemos hecho?
Tal vez nunca comenzamos desde el lugar correcto. Tal vez, como región, adoptamos la democracia como quien hereda una camisa grande de un hermano lejano. Nos queda mal, nos incomoda, no entendemos su tela. Pero la usamos, porque es lo que se espera.
¿Y si en vez de copiar, deberíamos diseñar? ¿Y si nuestro modelo no está en Europa ni en Asia, sino en nuestras propias contradicciones? ¿Y si, en vez de preguntar “¿cómo ser como Suecia?”, deberíamos preguntar “¿cómo ser lo que realmente podemos ser”?
Este no es un llamado a abandonar la democracia. Es una invitación a entender que democracia no es una meta fija, sino un proceso difícil, contradictorio, incompleto. No es una iglesia, es una conversación. No es una herencia, es una construcción.
En tiempos de desencanto, tal vez la mayor rebeldía es volver a preguntar: ¿Qué es democracia para nosotros?, ¿y qué estamos dispuestos a hacer, o deshacer, para alcanzarla?