Como buenos latinoamericanos que somos, tenemos la inclinación a quejarnos constantemente del lugar donde nacimos. Desde luego que tomando en cuenta las condiciones en la que nos encontramos, las quejas son bastante válidas. Cada vez son menos las razones para sentirse optimista al respecto.
Pero luego leemos alguna nota sobre algún personaje importante en el mundo de la literatura, la política o el arte que ha sido desterrado, por las razones que usted quiera.
Que ha andado buscando asilo por aquí y por allá hasta que algún gobierno solidario se ha ocupado de recibirlo, inmediatamente después no podemos evitar el recordar a otras personas que encontramos en nuestros libros de biografías o en los de historia que, siendo echados de su lugar de origen, no pudieron volver más.
Es entonces que volvemos a apreciar lo que tenemos. Entendemos que, aunque con todos sus problemas y demás, tenemos un país propio donde estar.
Y es que los hay (muy pocos y admirables, por cierto) quienes luchan contra viento y marea para limpiar y mejorar las condiciones de su lugar natal. Los hay también quienes prefieren marcharse y buscar todo eso en otro lado.
A veces sucede que nos enamoramos de la casa del vecino, porque es quizás más ordenada, organizada y llena de oportunidades así que decidimos mudarnos y eso está bien, mientras nuestro vecino nos permita quedarnos y aún así, no debe ser buena idea olvidar nuestra posición de huésped.
Si vivimos de alguna manera consciente de esto, probablemente nos aseguraremos de prepararnos de alguna manera, por si nos toca regresar.
Esto de sabernos con un pie adentro y otro afuera, no debería limitarse a una sola situación. Muy pocas cosas tenemos garantizadas y una de ellas es el cambio constante, en todos los sentidos.
Así que no nos conviene acomodarnos en ningún lado y en ninguna posición. Abrir la mente a que lo que hoy es, mañana podría no serlo, es lo más conveniente. La eternidad no es algo para lo que podamos apuntarnos. Desafortunadamente en algunos casos, afortunadamente en otros.
Pero si insistimos en desubicarnos y sentirnos muy seguros en casa ajena, corremos el riesgo de que nuestro vecino nos recuerde de cuando en cuando que así como nos ha dado permiso para quedarnos, cuando quiera nos lo puede quitar, porque al fin y al cabo para eso es...su casa.