El estudio de la ética y de las virtudes humanas nace, justamente, debido a la necesidad de reflexionar sobre aquellas conductas que permiten la convivencia civilizada y evitan los conflictos entre los individuos y entre las colectividades.
De ahí nacen, por ejemplo, las clasificaciones de esas conductas y su ordenamiento en esferas o en jerarquías. Parte también de ahí la tan conocida división de las cuatro virtudes que nuclean a todas las demás, y que se conocen como cardinales porque actúan como bisagra, como gozne, entre unas y otras, y no porque señalen ninguna dirección. A saber: la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza.
De la fortaleza, se desprende de la quiero hablar hoy, porque es requisito ineludible para llevar una existencia armónica y para alejar de la sociedad humana pendencias y enfrentamientos. Me refiero a la virtud de la paciencia.
La paciencia se ha definido como la capacidad de sufrir inteligentemente los defectos de los demás. Rodeados, como vivimos, de gente que piensa distinto, que ve la realidad de una perspectiva distinta a la nuestra; de personas con rutas vitales distintas, es natural que haya desavenencias y se den constantes oportunidades para generar fricciones.
El hombre, o la mujer, pacientes, saben dominar sus temperamentos, no dejan salir el mal humor a la primera y tienen la capacidad de ponerse en el lugar del otro.
La persona que ejercita la virtud de la paciencia, no se irrita ante los errores de los demás; reconoce su propia vulnerabilidad y está consciente que no todo el mundo comparte sus opiniones, que el mundo es diverso y que una sociedad en la que se debe troquelar a los demás según su molde, resultaría inhumana.
La paciencia es necesaria en la relación conyugal, en la crianza de los hijos, en la relación con los compañeros de trabajo, en todos los ambientes en los que nos movemos por diversos motivos.
El impaciente pone nerviosos a los que alternan con él; se convierten en un fastidio para la misma familia y no digamos para conocidos y colegas. Porque, el impaciente, espera que todo se haga a su ritmo y a su gusto, y, al no ver satisfechas sus expectativas, explota y acaba por maltratar a los que lo rodean.
La paciencia no es fácil de conquistar, pero, como sucede con todas las virtudes, se trata de practicarlas, de repetirlas, hasta que se incorporan a nuestra personalidad y pasan a formar parte de nuestra conducta habitual.
Es cosa de reflexionar y de tomar cartas en el asunto para ser mejores cada día y resultar más agradables para los demás.