La sentencia bíblica “ama a tu prójimo como a ti mismo”, si se cumpliera a cabalidad entre la gente, sería el más fiel ejemplo de empatía, un sentimiento cada vez más en desuso.
La proximidad del Día de la Amistad y el Amor, me hace recordar un patético caso de empatía, el del radiólogo sampedrano José Napoleón Coello quien se salvó de un cáncer de colon gracias, en gran medida, al apoyo de su amigo y colega Ricardo Flores.
Los resultados de la última tomografía revelaban que el cáncer ya había invadido los pulmones y Coello, como radiólogo, podía comprobar que allí estaban las manchas malignas presagiando su muerte.
Aún faltaba un paso doloroso: dar la mala noticia a su esposa quien, entre lágrimas, trataba de darle aliento. También confió a su colega y amigo Ricardo Flores la terrible pesadilla. Había que ver la cara de angustia que puso Flores, parecía como si el cáncer se lo hubieran detectado a él, pero no se quedó solo con el dolor.
Flores planteó la posibilidad de que la operación se hiciera en Estados Unidos. También dio los pasos a pesar de que eso significaba un costo demasiado alto, además de que allá ninguno de los dos amigos tenían conocidos que pudieran extenderles una mano.
El doctor Coello ni siquiera disponía de una tarjeta de crédito porque, una semana antes, tres hombres armados habían asaltado su clínica del barrio Guamilito y le llevaron hasta sus documentos personales.
Dio la casualidad de que justamente en esos días el hospital Cemesa, bajo la dirección del doctor Samara, y el “Saint Luke ‘s Hospital” de Houston habían firmado un convenio de cooperación, que allanó el camino para que Coello fuera operado en el gran país del norte. Gracias a la recomendación del doctor Samara allá le dieron un trato especial, a pesar de que no lo conocían”.
Un especialista lo llevó al quirófano en cuanto se lo permitió su apretada agenda de cirugías. Antes de darle el alta le dijo el cirujano que la operación no era suficiente, que consultara a un oncólogo porque el cáncer ya había invadido los ganglios linfáticos y que por lo tanto iba a necesitar quimioterapia.
Con estas indicaciones regresó a San Pedro Sula, donde buscó los servicios del Seguro Social.
Cincuenta horas tenía que permanecer pegado a una bomba de infusión que mandaba químicos para matar las células malignas, pero en la guerra también se iban las células buenas.
Después de seis meses de duro tratamiento el doctor Coello creyó que vería la luz al final del túnel, pero resulta que la tomografía posterior a la quimioterapia reveló que había muchos nódulos en los pulmones, lo cual hacía sospechar que el cáncer los había invadido.
Su amigo buscó de nuevo la ayuda de otros colegas para que se fuera de nuevo a Estados Unidos. Los especialistas de allá le hicieron una biopsia de pulmones y otra gran cantidad de exámenes, los cuales, asombrosamente, resultaron negativos.
De regreso a Honduras, cierta noche sufrió unas calenturas espantosas. Resultó ser que uno de los catéteres que le pusieron durante la quimio le había causado una severa infección, que al final sanó con una batería de antibióticos.
Poco después se hizo una tomografía para saber cómo estaban sus pulmones. Fue entonces cuando ocurrió lo que él llama un milagro: los nódulos habían desaparecido, no sabe cómo.
Los sucesivos exámenes que se hizo descartaron toda posibilidad de cáncer. Recientemente volví a ver al doctor Coello feliz con la familia. Me comentó que su amigo Ricardo Flores fue como un ángel que lo acompañó durante su tratamiento, en tiempos en que crece la indiferencia al dolor ajeno.