Familia y escuela, tarea común

  • Actualizado: 04 de febrero de 2025 a las 00:00 -

Esta semana, miles de niños y jóvenes volverán a las aulas. Un nuevo año escolar ha comenzado. Y por eso quiero recordar unas ideas sobre las que, machaconamente, he insistido durante por lo menos tres décadas.

La primera es que los padres somos los primeros e insustituibles educadores de los hijos. Esa función es indelegable. Se puede delegar en la escuela el desarrollo de unas competencias específicas relacionadas con la ciencia o con la técnica, pero, lo esencial, lo que tiene que ver con la adquisición de los valores vitales y el ejercicio de virtudes humanas corresponde a la familia.

Además, en la escuela están los especialistas, tanto en pedagogía como en las distintas áreas del conocimiento, y cuentan con las destrezas para lograr que los estudiantes desarrollen el deseo y las capacidades para aprender lengua, matemática o sociales.

La educación de nuestra gente más joven exige un pacto entre la familia y la escuela. Una brecha, una escisión entre ambas instituciones sociales dificulta el alcance de los objetivos que las instituciones educativas se trazan cara al año lectivo. Y, no se puede negar que las relaciones entre la familia y la escuela no pasan por su mejor momento, están muy deterioradas.

La confianza, el respeto y el sentido de colaboración entre ambas ha sido muchas veces sustituidos por las desavenencias e, incluso, los enfrentamientos. Hoy por hoy, el deterioro ha sido tal que ha surgido cierta enemistad entre ambas, que se manifiesta en críticas constantes e, incluso, en miedo mutuo.

En algunos casos los maestros viven temerosos de los padres porque la relación ha llegado a judicializarse, con todas las consecuencias negativas que semejante hecho contrae. Luego, los padres no son siempre bienvenidos en las escuelas y colegios porque rara vez se presentan para colaborar sino para generar y alimentar conflictos.

Lo que no debe olvidarse es que el sujeto de preocupación, tanto de la familia como de la escuela, es el hijo-alumno, y que, en la medida en que haya armonía entre ellas se generará un clima que beneficiará a ese sujeto.

Cuando la familia confía en la escuela, cuando se refiere positivamente a los profesores; o cuando la escuela reconoce que el estudiante es parte importante de un núcleo familiar del que no puede considerarse exento, hay mayores posibilidades que se produzca ese pacto por ese hijo-alumno que redundará en un mejor aprovechamiento de la acción educativa escolar.

La tarea, pues, es común. Ni la familia en contra de la escuela, ni la escuela de espaldas a la familia. Deben propiciarse unos espacios presididos por la colaboración y la ayuda mutua. Porque lo que está en juego no es poco.

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