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Un buen trato para las masas

  • Actualizado: 17 diciembre 2016 /

Nada haría más feliz a Trump que el día en que hiciera que Apple abriera una pequeña fábrica de dispositivos en Wisconsin.

Si Donald Trump pudiera seguir un libreto en su presidencia, todas las semanas serían como la que acaba de pasar. Se puso al teléfono con algunos peces gordos del mundo empresarial que estaban pensando en cerrar plantas en la región industrial. Les ofreció algunos incentivos, los amenazó implícitamente y llegó a un acuerdo: los empleos se quedan, no se cierran las fábricas y quizá el año próximo incluso vuelvan a abrirse. (Nada haría más feliz a Trump que el día en que hiciera que Apple abriera una pequeña fábrica de dispositivos en Wisconsin.) Después organizó un gran acto político en el que se jactó de sus proezas negociadoras, prometió que las empresas no volverán a llevarse empleos al extranjero impunemente … y después se regresó a su torre en Nueva York a esperar la próxima oportunidad de hacer todo esto de nuevo.

Por desgracia, este no es el mejor enfoque de la política económica. Pasa por alto profundas perspectivas de Hayek sobre los problemas inherentes de elegir ganadores y perdedores desde las alturas. Expande una economía de favores y telefonazos en la que los enterados inevitablemente se benefician más que los innovadores. Encarna el capitalismo de compadrazgo al que apenas ayer tanto se oponían los republicanos.

Al mismo tiempo… bueno, las cosas podrían ser peores. Trump le está poniendo un toque de celebridad a algo que ocurre con cualquiera de los dos partidos. El Gobierno de George W. Bush entró con los aranceles al acero y se fue con el rescate de Wall Street, que fue seguido por el rescate de General Motors con el presidente Barack Obama. Mientras tanto, los vendedores de etanol, los titanes del azúcar, los contratistas de la defensa y los magnates de la energía limpia compiten entre todos por los favores federales. Y a nivel estatal, los sobornos son aún más acusados. Trump va a hacer de ese compadrazgo algo más personal y público y habrá que ver sus propios conflictos de interés. Pero si se limita a tratar de convencer a determinadas empresas –a diferencia de establecer aranceles y lanzar una guerra comercial–, no necesariamente hará que empeore la esclerosis en que se apoya el sistema.

Pero doblarle el brazo a empresa por empresa tampoco hará gran cosa para ayudar a la masa de ciudadanos del corazón del país, a quienes prometió un nuevo acuerdo trumpiano. Salvar los empleos que Carrier pensaba despachar a México es algo significativo para los trabajadores afectados. Pero aunque intensificáramos de forma espectacular estas negociaciones, seguiríamos hablando apenas de una nota al pie de página en la historia del índice de desempleo y de los salarios promedio.

Y es la decepción con los salarios, y en especial con los salarios de los hombres como sostenes del hogar, lo que es crucial al elemento económico en el atractivo populista de Trump. Aunque el desempleo se haya reducido, después de años y años de débil crecimiento salarial esto es un dato de vital importancia en el campo económico y una cuestión de la que los dos partidos –los republicanos en sus panegíricos sobre los heroicos empresarios y los demócratas en sus promesas de nuevo gasto asistencial– han hablado más de lo que han hecho.

Han hablado al respecto, por supuesto, porque no hay una política que por sí misma pueda elevar los salarios. Y las políticas implicadas pueden ser lentas, sutiles y de efectos inciertos. Quizá las restricciones a la inmigración, el gasto en infraestructura y el recorte de impuestos a las empresas que promete el trumpismo puedan tener efectos más claros que las estrategias de otros presidentes; no es imposible. Pero si el resto de su programa es convencionalmente republicano, él podría acabar con un resultado republicano decepcionantemente convencional: crecimiento del producto interno bruto pero salario neto estancado.

Sin embargo, sí es posible que los políticos aumenten el salario neto directamente sin tener que impulsar mucho los sueldos básicos. Por ejemplo, recortar el impuesto de nómina tendría ese efecto. Lo haría también el crédito fiscal por ingreso devengado. La baja de impuestos a la clase media también, así como los créditos fiscales por dependientes. Un subsidio salario también lo haría. En fin, la lista es larga.

Varias de esas posibilidades están a la disposición inmediata de Trump, si es que él quiere alcanzarlas. Por ejemplo, el subsidio de guardería de su hija podría reconfigurarse para darle más a la clase trabajadora; podría combinarse con el crédito fiscal al ingreso devengado considerado por Paul Ryan o el subsidio al salario que abandera el senador Marco rubio. Los dos podrían combinarse en una reforma fiscal que cumpliera la promesa del recién designado como secretario de la Tesorería de darle prioridad a las bajas de impuestos para la clase media sobre las bajas para los ricos.

Nada de esto solucionará el dilema de largo plazo del lento crecimiento de los salarios. Pero facilitaría, al tenor de miles de dólares al año en muchos casos, pagar las cuentas, criar niños, tomar vacaciones e ir en busca del sueño americano a todos aquellos estadounidenses que no trabajan en empresas bien dispuestas a la persuasión de Trump.

También costaría dinero, dinero que la economía convencional republicana –y el plan fiscal oficial de la campaña de Trump– tiende a reservar para recortes de impuestos en los segmentos superiores. Y es por eso que la política fiscal que podemos esperar de Trump es probablemente un gesto modesto para la clase media apareado con un vasto recorte de impuestos dedicado al 1 por ciento.

Pero las cosas podrían ser de otra forma. Hasta ahora, Trump ha inducido a los republicanos librecambistas a que hagan declaraciones proteccionistas y a los otrora libertarios a que asientan a su mercantilismo. Si él dobla tan bien la ortodoxia del partido, podría ofrecer algo más grande de lo que ganó la semana pasada con sus relaciones públicas: no solo empleos de manufactura para unos cuantos afortunados sino más dinero para las masas.

© New York Times News Service