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Condena a cachiro pone fin a década de narcotráfico en el Atlántico hondureño

El poder, la fama, las fortunas hicieron que los Cachiros se convirtiera en el cartel más influyente.

Tocoa, Colón, Honduras.

Durante 10 años, las alianzas con narcos mexicanos y colombianos, el poder, la fama, las cuantiosas fortunas que acumularon, el miedo que infundían y la admiración que les tenían, hicieron que el clan de los Cachiros se convirtiera en el cartel más influyente y poderoso de Honduras.

Desde 2004, Javier Eriberto (42) y Devis Leonel Rivera Maradiaga (38) montaron una poderosa estructura de seguridad y transporte para trasegar drogas entre el departamento de Colón y Guatemala.

Javier fue el cerebro y quien luego de disputar el liderazgo del cartel del Atlántico que por años estuvo en manos de Jorge Echeverría Ramos, alias Coque, se apoderó del control de los corredores del tráfico de la cocaína en el país y estableció nuevos pactos con los barones de la droga de Colombia y México.

El reinado del cartel de los Cachiros ha sido el más largo de la historia del narcotráfico en Honduras, según investigadores. Duró desde marzo de 2004 hasta el 21 de enero de 2015, cuando Javier y su hermano Leonel se entregaron a las autoridades de Estados Unidos, que meses atrás los habían señalado como traficantes de droga

“Fue un poder casi absoluto el que tuvieron. Los protegieron políticos, empresarios, jefes policiales y militares, formando una estructura impenetrable”, explicó un agente de inteligencia en Honduras.

El poderío económico de los Cahiros se evidenció a partir de 2010 cuando invirtieron en una amplia gama de negocios, entre ellos gasolineras, centros comerciales, procesadoras de palma, haciendas, un zoológico, hoteles y transporte.

Se les bautizó como los Cachiros porque así les llaman a los Isidros, que es el nombre del patriarca de la familia Rivera Maradiaga.

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Desde La Mosquitia hasta Colón. Por mar y tierra, los Cachiros coordinaron el transporte de la droga para distribuirla en Honduras y para sus socios en Guatemala y México.

El perfil

Javier Eriberto, el mayor del clan, fue siempre un niño inquieto y amante del fútbol. Desde pequeño, daba asomo de su ingenio, relatan quienes lo conocieron. Cuando Javier tenía cinco años, su padre, don Isidro, y su madre, doña Esperanza, celebraron el nacimiento de Devis Leonel un 28 de marzo de 1977.

Era el tercer hijo que concibieron de los cinco que procrearon. Leonel desde niño mostró un temperamento rudo, tosco, que difería con el carácter afable y simpático que siempre tuvo Javier.

“Eran dos mundos opuestos, Javier con una personalidad campechana, servicial y de diálogo. Leonel era todo lo contrario, de carácter fuerte, sin amagos, vengativo y a quien todo mundo le temía” explicó un poblador de Tocoa, que por seguridad omitió su nombre.

Javier, en medio de los aciertos, también tenía debilidades y esas eran las mujeres, a las que destinaba días enteros de su tiempo, por lo cual delegaba en Leonel toda las operaciones.

“Puedo decirle que las mujeres eran el mal de Javier, eso le bajaba puntos en lo astuto que era, porque con las mujeres perdía la cabeza.

Leonel no, él era más estratégico y disciplinado y por eso siempre estuvo a la par en los negocios con Javier. Pese a esas diferencias, los dos hermanos siempre estaban muy unidos”, aseguró el poblador.

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Las alianzas los hicieron crecer rápidamente hasta convertirse en el clan más poderoso en Honduras.

Inicios en el narco

Comenzaron cultivando marihuana a lo largo de la margen derecha de Tocoa, pero a finales de los años 90 pasaron de sembrar a ser distribuidores en San Pedro Sula y luego se extendieron a Santa Bárbara y Copán.

Poco a poco, los hermanos establecieron alianzas con ganaderos de Izabal, Guatemala, aprovechando los caminos de contrabando de ganado que había en la frontera con el vecino país, lo que los llevó a sentar las bases del lucrativo negocio.

“Empezaron como aprendices de capos experimentados. Luego crecieron y empezaron a conocer colombianos. Los contactos con carteles de Colombia los hicieron en La Mosquitia cuando transportaban la cocaína por tierra, mar y aire a Islas de la Bahía y Colón”, detalló el agente de la Dirección de Lucha contra el Narcotráfico (DLCN) que más los conocía.

En poco tiempo, Javier y Leonel montaron un emporio. Establecerion su centro de operaciones en San Pedro Sula y se adueñaron del corredor entre La Mosquitia y Olancho.

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Devis Leonel Rivera (38) (izquierda) fue el segundo almando del cartel de los Cachiros. Era disciplinado. Javier Rivera (42) fue el líder de la banda. Era astuto. Su debilidad eran las mujeres.

Informes de inteligencia establecen que Javier se convirtió en el más poderoso comprador de cocaína en el Atlántico y, a la vez, en el más importante vendedor de droga a los carteles mexicanos, especialmente al de Sinaloa, que lidera Joaquín el Chapo Guzmán.

Sus principales socios en Honduras, según la DLCN, fueron el Negro Lobo y su lugarteniente Juving Suazo, los hermanos Valle y Héctor Emilio Fernández, alias Don H, entre otros.

Los pobladores del litoral se sentían seguros por los anillos de protección que montaron los Cachiros.

“Los delincuentes se la pensaban dos veces para cometer sus fechorías. En Tocoa no había pandillas ni asaltos ni secuestros. El índice de violencia era muy bajo”, dijo una vecina de Colón.

Los pobladores resienten la partida de los dos hombres fuertes de la banda, pues no solo perdieron sus empleos, sino también la seguridad que por años gozaron en la zona.