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Con un “mami, ya vengo”, se despidió joven asesinada en Copán

Una desconsolada madre reclama justicia luego de la forma tan cruel en la que le arrancaron a su hija

Santa Rosa de Copán, Honduras

En una casa de esta ciudad del occidente de Honduras, una madre llora la pérdida de su hija mientras de aferra al ataúd que contiene los restos mortales de su niña.

“Mi niña linda”, dice entre sollozos, mientras recibe las muestras de condolencia y solidaridad de amigos y parientes que tratan de consolarla ante la irreparable pérdida.

Se trata de Isabel Murcia, cuya joven hija, Andrea Valeska López Murcia murió cruelmente asesinada y cuyo cuerpo se encontró hace dos días en un pastizal cercano al barrio Las Cidras de esta ciudad.

A la crueldad de la muerte se suma el abuso del que la jovencita, de 13 años, fue víctima. No solo le arrancaron su vida, sino también su virtud. El cuerpo, parcialmente quemado, presentaba indicios de haber sido abusado sexualmente.

Andrea era la mayor de cuatro hermanos, amiga y apoyo de su madre, quien ahora reclama justicia, mientras relata, entre lágrimas, la última vez que vio a su hija con vida.

“Mami, ya vengo”, fueron las últimas palabras que le dirigió, cuenta Isabel, cuando su hija se despidió de ella la tarde del pasado domingo, sin sospechar que sería la última vez que escucharía su voz.

Andrea se dirigía a la cercana casa de su madrina, pero nunca llegó y cuando tampoco volvió a su casa, la preocupación comenzó a sentirse en el hogar de la adolescente.

Cuando se le pregunta a qué hora salieron a buscarla, Isabel responde que “a las seis y media o siete”, es decir, entre hora y media a dos horas después que la joven saliera de su casa.

“Todo el mundo me decía ‘no la he visto’”, dice la madre y la preocupación comenzó a convertirse en angustia.

La autoridad tampoco ayudó mucho, al menos en un primer momento. “Los llamé dos veces”, dice Isabel, “y no vinieron”.

Al relatar el momento en que se entera que su hija estaba muerta, recupera momentáneamente la serenidad. “Estábamos en la Policía, que íbamos para Cucuyagua. Al tiempo llama mi hermano, dice ‘la niña está muerta’, que mejor nos regresemos”.

Entonces, el recuerdo de su hija hace volver las lágrimas. “No sé cómo voy a hacer”, lamenta, luego pasa a recordar que su amada Andrea era quien “le ayudaba en todo”.

Al preguntarle si sospecha de alguien que pudo hacerle daño a su niña, Isabel pausa un momento, pero responde con un definitivo “sí” y añade que la persona de quien sospecha vivió hace tiempo en las cercanías, pero desde entonces se marchó del lugar.

“Él vivía mandándole saludos a la niña”, dice Isabel, concluyendo su relato, a la vez que reclama justicia para una hija cuya vida le fue arrebatada cuando la tenía toda por delante.