En otro momento en este espacio nos referimos a las características propias de liderazgo ejercido de manera constructiva y genuina, en función del bien común.
Ahora abordamos lo opuesto, es decir, las estrategias y tácticas utilizadas por caudillos sedientos de poder, que apelan a lo opuesto del actuar de un político responsable y honesto.
Desde el punto de vista de su extracción social, el populista bien forma parte de la elite local o de los estratos medios y posee ingresos económicos suficientes para llevar una vida rodeada de comodidades y necesidades materiales satisfechas, que le permiten a el o ella y a su familia un estilo de vida por encima del promedio.
Cuando decide incursionar en política, su objetivo central, básico, es la conquista y retención del poder político, como trampolín para incrementar sus bienes y los de sus allegados, que en todo momento y circunstancia le deben jurar fidelidad absoluta, so pena de ser excluidos y sancionados cuando disienten del proyecto que promueve, aun si tal heterodoxia no cuestiona lo esencial, tan solo aspectos de forma.
En su predica, en las concentraciones políticas, en los medios de comunicación y redes sociales, explota las promesas incumplidas de quienes han gobernado a su país y sus deficiencias, que han acumulado frustraciones y resentimientos en amplias capas de la población.
Recurre a falsedades o medias verdades, al insulto, demagogia, manipulación de las emociones colectivas, sabiendo que así capta audiencias receptivas que desean desahogarse, aún si saben que lo que ofrece es irrealizable en la practica.
El temor inherente al político populista es ya no ser escuchado ni leído, por haber finalmente perdido credibilidad y aceptación entre la ciudadanía, que gradualmente concluye que esta siendo instrumentalizada para propósitos diametralmente opuestos al sentir y pensar mayoritario, a los anhelos de superación y bienestar comunitarios.
Cuando ese momento finalmente llega, debe redoblar su discurso postizo para mantener actualidad y permanecer en el centro de la atención ciudadana, particularmente cuando el pueblo es convocado a ejercer el derecho al sufragio, bien para confirmar o relevar al partido o la facción que ha estado al frente del gobierno.
Apela a la compra de encuestas de opinión que le son favorables, a sabiendas que no reflejan aquello que verdaderamente revela y manifiesta en su interior el conglomerado que concurrirá a las urnas. Adicionalmente, busca maneras diversas para manejar la mecánica del proceso electoral, a efecto que el recuento a niveles locales y nacional le sea favorable.
Si todo esto falla, tiene una ultima carta a jugar, el convocar a una Asamblea Nacional Constituyente a su medida. Otra opción disponible es el autogolpe de Estado, a lo Fujimori y Serrano Elías.