De sobra son conocidas las escenas que el Nuevo Testamento en los Evangelios nos narra: las apariciones de Cristo a María Magdalena y otras mujeres, el pasaje de los peregrinos de Emaús, el diálogo entre el escéptico santo Tomás y Jesús, que le muestra las heridas de sus manos y de su costado, la visita de san Pedro y san Juan al sepulcro vacío. Y en todas hay un denominador común: al desconcierto inicial sigue una enorme alegría. Tal es así que, como en el caso de las primeras testigos de la Resurrección, aquellas tres mujeres, corren a dar la noticia y convencen hasta a los menos crédulos.
El Domingo de Resurrección es un día pleno de gozo, de alegría, de esperanza. Cristo no se quedó en la tumba, venció a la muerte, uno de los enemigos más temidos por el hombre; devolvió la esperanza a unos hombres y a unas mujeres que estaban encerrados, atenazados por la frustración y por el miedo, pensando que todo había sido un sueño inútil. Claro está, para disfrutar de aquel júbilo inmarcesible, debieron antes pasar por la experiencia del dolor y de la tristeza.
Quiera el Resucitado que, cuando haya pasado todo esto, cuando regresemos a nuestros trabajos ordinarios y hayamos recuperado nuestras vidas normales, también hayamos aprendido a valorar todo aquello que hoy echamos de menos: ver y saludar cara a cara a amigos, conocidos y colegas, nuestro entorno laboral, las fiestas y celebraciones en familia; todo aquello que hasta ahora nos ha parecido anodino, rutinario, y que ahora echamos de menos.