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Domingo de Resurrección

  • Actualizado: 11 abril 2020 /

    Aunque en los países de raíces cristianas la Navidad es la fiesta religiosa a la que parece dársele preponderancia, es la Resurrección de nuestro Señor la más importante y más celebrada desde el inicio de la Era Cristiana. Señala la Sagrada Escritura, y lo han confirmado los teólogos más autorizados a lo largo de más de 2,000 años, que, sin este hecho histórico, la redención del género humano habría quedado inacabada, inconclusa. El mismo san Pablo expresó en una de sus cartas que si Cristo se hubiera quedado en el sepulcro toda la fe en Jesús sería vana y no tendría sentido. Y es que la sola muerte del Señor, que hemos contemplado hace un par de días, no habría sido suficiente para brindar esperanza al género humano y para mostrar al mundo que todos los sufrimientos que puede padecer en esta tierra tienen un fin y un propósito: la felicidad para siempre, siempre, siempre, como le gustaba decir a Teresa de Ávila, la santa y poeta del Siglo de Oro español.

    De sobra son conocidas las escenas que el Nuevo Testamento en los Evangelios nos narra: las apariciones de Cristo a María Magdalena y otras mujeres, el pasaje de los peregrinos de Emaús, el diálogo entre el escéptico santo Tomás y Jesús, que le muestra las heridas de sus manos y de su costado, la visita de san Pedro y san Juan al sepulcro vacío. Y en todas hay un denominador común: al desconcierto inicial sigue una enorme alegría. Tal es así que, como en el caso de las primeras testigos de la Resurrección, aquellas tres mujeres, corren a dar la noticia y convencen hasta a los menos crédulos.

    El Domingo de Resurrección es un día pleno de gozo, de alegría, de esperanza. Cristo no se quedó en la tumba, venció a la muerte, uno de los enemigos más temidos por el hombre; devolvió la esperanza a unos hombres y a unas mujeres que estaban encerrados, atenazados por la frustración y por el miedo, pensando que todo había sido un sueño inútil. Claro está, para disfrutar de aquel júbilo inmarcesible, debieron antes pasar por la experiencia del dolor y de la tristeza.

    Quiera el Resucitado que, cuando haya pasado todo esto, cuando regresemos a nuestros trabajos ordinarios y hayamos recuperado nuestras vidas normales, también hayamos aprendido a valorar todo aquello que hoy echamos de menos: ver y saludar cara a cara a amigos, conocidos y colegas, nuestro entorno laboral, las fiestas y celebraciones en familia; todo aquello que hasta ahora nos ha parecido anodino, rutinario, y que ahora echamos de menos.