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Todos somos Honduras

La prolongación de la crisis política que estamos padeciendo produce ya consecuencias, tales que de no ser superada a la mayor brevedad posible puede tener consecuencias catastróficas para la vida nacional.

Los daños económicos que el país entero ya ha sufrido se calculan en millones. Además de las pérdidas en muchos negocios a causa de los actos vandálicos que se dieron la semana pasada, el bloqueo de vías de transporte durante más de una semana está llevando a la quiebra a cientos de pequeñas y medianas empresas que son la fuente de sustento de familias enteras.

Si a esto se le suma el estado de ansiedad al que hemos estado sometidos, que ha impactado directamente en la salud mental de toda la ciudadanía, el daño es aún mayor. Y se agregan los días de clases de los que miles de niños y jóvenes se han visto privados por razones de seguridad y de dificultades para la movilización, la proporción del perjuicio producido sigue en aumento. Encima, la imagen del país ha quedado destrozada. Desde fuera se nos ve como una colectividad primitiva ingobernable en la que quiere mandar el que más grita o el que dispone del tiempo para salir a la calle a causar desórdenes, a injuriar al prójimo o a negar a los demás el derecho a circular por su propia tierra.

Pero por encima de las pérdidas económicas o de la pésima impresión que estamos dando al mundo civilizado, lo peor que está pasando es la división y la siembra de odio que se ha llevado a cabo en la familia hondureña. Hoy por hoy hay quienes pretenden demostrar que hay dos Honduras, que no podemos convivir en armonía, que una parte de la sociedad le debe algo a la otra y que esta debe saciar sus deseos de venganza. Hoy por hoy hay quienes buscan cultivar rencores y sentimientos negativos en lugar de cultivar la hermandad.

Cuando un grupo político intenta desacreditar a personas y empresas con cuyos dueños no se coincide ideológicamente se causa daño a todos, ya que en esas empresas trabajan otros hondureños que gracias a que ha habido personas dispuestas a arriesgar un capital pueden llevar el sustento a su hogar. Cuesta creer que la pasión política produzca semejante miopía, tal ceguera, que se pierda la noción exacta de la realidad y esta sea sustituida por el fanatismo, por la locura fratricida.

Todos somos Honduras, aunque pensemos distinto, aunque tengamos intereses contrapuestos, nadie tiene más derecho que el otro. Al final, la violencia, si no se le pone fin, nos puede llevar de encuentro a todos. Dios se apiade de este pobre país.