Con el inicio del nuevo año, aunque hay muchas instituciones educativas con calendario anglosajón que van ya a la mitad de su año lectivo, la mayoría de nuestros niños y jóvenes se encuentran a las puertas de un nuevo ciclo escolar, y los estudiantes universitarios también.
De ahí que valga la pena detenernos a reflexionar sobre la necesidad de saber diferenciar entre aquellos aprendizajes que son realmente temporales y aquellos que son, definitivamente, permanentes.
Los primeros, los temporales, no es que sean inútiles. Cada etapa del desarrollo humano ha requerido de unas competencias de aplicación inmediata que, aunque luego hayan sido superadas y, por lo mismo, hayan perdido utilidad y vigencia, fueron indispensable de manejar para poder desenvolverse adecuadamente en el mundo del trabajo. El ejemplo más a la mano es el de algunos lenguajes de computación, que hace un par de décadas era obligatorio conocer y que hoy forman parte de la historia de la informática, o el manejo de la mecanografía, o el uso de la tabla de cálculo, o de los retroproyectores en las aulas y en las oficinas. Hoy, lo recién enumerado se recuerda con cierta nostalgia, pero, definitivamente, no son necesarios.
Un mundo en constante transformación y unos movimientos políticos con incidencia directa en la definición de las fronteras de las naciones nos obligaron, hace apenas un par de décadas, a mandar al olvido a Yugoslavia, Checoslovaquia o la Unión Soviética, o a reaprender los nombres de algunos países africanos.
Y así, es muy seguro que muchos de los conocimientos que hoy se aprenden en las aulas de todos los niveles del sistema educativo, dentro de algún tiempo servirán para muy poco, o para nada.
Hay, sin embargo, otras competencias que no perderán nunca utilidad y vigencia. Hablo de esas ideas que le marcan el rumbo a nuestras vidas, y de esos hábitos buenos que acompañan la vida de las personas y que les permiten convivir en armonía con los demás, a desarrollarse como seres humanos y a aspirar a la felicidad. Me refiero, evidentemente, a los valores y a las virtudes humanas; a los principios y a los hábitos éticos.
La historia ha sido testigo y da fe de la existencia de hombres y mujeres que, aunque tenían notables capacidades intelectuales y destacadas destrezas de distinta naturaleza, causaron mucho daño a la humanidad; personas que pusieron sus conocimientos al servicio del mal y que con su conducta trajeron destrucción y sufrimiento a millones de seres humanos.
Al final, más que saber muchas cosas, lo importante es ser buenas personas. Y los educadores deben tener esto muy presente, o irán en dirección contraria de lo que la humanidad realmente necesita.