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Nicaragua, el regreso del “viejo topo”

Los gobernantes, en la medida en que pasa el tiempo, pierden contacto con la realidad. Por ello, no tienen la inteligente habilidad de retirarse a tiempo. Herederos de cierta nostalgia caporal, se aferran al poder de tal manera que terminan confundidos con la Patria, su bandera y los sueños e ilusiones del pueblo, cada día menos real, distante y desdibujado. Por ello es que Daniel Ortega –y esto no es una defensa de sus probadas debilidades actuales– pasó por alto la metáfora marxista del “viejo topo”. Y por ello no percibió que, al fin y al cabo el poder es adormecedor. Y que, el “viejo topo”, “avanza obstinadamente, de las resistencias subterráneas a de las irrupciones súbitas y, muchas veces, inesperadas. Cavando con paciencia sus galerías en el espesor obscuro de la historia; surge en ocasiones a plena luz, en el destello solar de un acontecimiento. él encarna el rechazo a resignarse, a la idea que la historia está llegando a su fin”, como escribiera Daniel Bensaid, un líder del 68 francés y miembro de la IV Internacional. Ortega, Rosario Murillo y su grupo no pudieron entender que la procesión iba por dentro. Y que solo faltaba el acontecimiento: las reformas a la Ley del Seguro Social. Y estallaron las masas inconformes, enfrentándose al poder, sin más armas que su rabia y su voluntad de echarlos fuera.

En un grupo de análisis en el que participo, dije el otro día que percibo un sordo disgusto en contra de la burocracia general que, insensible, se muestra indiferente, irresponsable, segura que nada cambiará. Y que ellos seguirán engordando mientras el pueblo va acumulando amarguras y rencores. Noté que algunos no quisieron aceptar que las cosas son así. Igual que en Nicaragua, Ortega y Murillo creyeron que todo había terminado, que el pueblo estaba contento con su gobierno que, al dominar la oposición, coptar a la empresa privada y controlar a la Policía y al Ejército Nacional Sandinista, no había otra mañana que la suya ni otro sol que el inventado por ellos.

No hay duda que al régimen le ha sorprendido las protestas y su espontaneidad. Obstruidos los necesarios canales de oposición, los jóvenes le disputan uno de los espacios más sagrados del sandinismo: la calle. Y se las toman. Y cuando una exmonja que dirige la Policía Nacional les reprime, se refugian en las iglesias. Los obispos de allá, casi todos nicaragüenses, animan a los jóvenes. Y distanciándose del Gobierno, exigen el cese de la violencia y el inicio del diálogo.

Ortega cede muy rápido, a mi juicio, trasmitiendo el mensaje que está asustado. Y tiene que estarlo, no es para menos. El ha tenido a ese pueblo, en sus manos, menos a los jóvenes que son, desde siempre, depositarios de la indignación, los agravios y la fuerza contestataria. El Sandinismo en la versión de Ortega y Murillo no articula emocionalmente con jóvenes que nacieron después de la revolución. Las glorias de Ortega no les importa. Y el canto “social cristiano” de Rosario Murillo y sus árboles de la “Nueva Vida” les indignan. Por ello los derriban. Les parece hipócrita renunciar a los valores de Sandino, creyendo que convencen a los inocentes que, siguiéndoles, llegarán al paraíso.

La pelea en el pueblo natal de Sandino, luchando porque en el cuello de su estatua fría, no le pusieran la bandera del Frente, sino que la nacional blanca y azul, es una clara indicación hacia donde soplan los vientos. Es seguro que Ortega y Murillo sobrevivan. Quieren tanto el poder que están dispuestos a ceder parte del mismo. Pero cada vez que accedan a las peticiones de los jóvenes, estos pedirán más y más. Y no hay que descartar que, en una lucha frontal, con más muertos que los reportados, el dúo que ejerce el poder como un matriarcado infecundo, tenga que dejarlo. Porque el “viejo topo” a sacado la cabeza y no volverá a seguir moviéndose como hasta ahora, subterráneamente. El Ejercito, no les apoyará. Y la Policía no será suficiente. De repente, hay un avión con los motores encendidos ya y una comitiva esperándolos en la Habana. Cosa de tiempo.