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Cumbre de las Américas y pobreza

Si ha habido tantas cumbres de presidentes para emitir declaraciones de buenas intenciones, si el camino de los deseos está tan bien pavimentado de buenas intenciones por parte de los líderes políticos de América, cuándo se preguntarán a sí mismos, cuánto de esas buenas intenciones se ha hecho realidad. Probablemente se necesitaría una cumbre de las Américas, dedicada especialmente a medir cuánto se ha avanzado en la práctica con esas buenas intenciones. Cuánto se ha reducido la pobreza, cuántos niños reciben educación y así sucesivamente, en una forma de evaluar si vale la pena seguir celebrando cumbres o seguir gastando recursos en recoger esa canasta de buenos deseos.

Hace más de dos décadas que se ha propuesto reducir la pobreza, combatir frontalmente los índices de pobreza que enfrentan nuestras naciones, son diez años, cuántas cumbres, cuántas declaraciones. Pero, cuánto se ha avanzado y se ha hecho realidad pondría al desnudo si estas cumbres valen la pena. Uno de los casos más dramáticos es el de nuestro país, donde la pobreza y la inequidad siguen orillando a miles de hondureños a vivir una vida de miseria. Sin casa, sin trabajo, sin salud, sin educación, sin futuro. Cómo medir la disminución de la pobreza, cómo determinar si en realidad esas cifras bajan, porque la cuestión del aumento de la pobreza no necesita mayor metodología, se nota, se siente. La pobreza no es algo que se esconde fácilmente.

Algún político ofrecerá cambiar la metodología. Tal vez cambiando los patrones a medir nos dé resultados diferentes, pero la realidad es más dura y se impone fácilmente. Tenemos que determinar si el país avanza en el combate a la pobreza, necesitamos medir si esas políticas públicas como Vida Mejor, Bonos y otros programas gubernamentales son eficientes en la reducción de la pobreza o si, por el contrario, solo están creando un paternalismo estatal que al final tenemos que pagar y con intereses en el mercado de capital extranjero; si son eficientes estos programas gubernamentales, si están llegando los niños a las escuelas a cambio de las ayudas estatales o no están funcionando más que para salir de la necesidad del día a día.

La eficiencia de esas políticas públicas para combatir la pobreza podemos medirla en los indicadores de la asistencia diaria de los niños a la escuela, en la disminución de las familias sin casa propia, sin embargo, también podemos medirla en relación con el crecimiento económico. Crece la pobreza en la misma medida o porcentaje en que crece nuestra economía, porque si es así, estamos totalmente estancados, pues si el aumento de la pobreza es igual al crecimiento económico anual, no estamos llegando a ningún lado. Porque las cifras nos hablan de línea debajo de la pobreza, pobres, indigentes y en la miseria, pero lo cierto es que hay pobres entre los pobres. Y allí precisamente se pueden establecer escalas y subescalas para determinar la calidad de vida de los hondureños. No es lo mismo tener un ingreso de al menos un salario mínimo en el núcleo familiar que subsistir una familia con un dólar al día. Y si hablamos de lo que necesitaríamos para combatir más efectivamente la pobreza, qué sería. Bienes tangibles o intangibles.

Me inclino por los intangibles. Qué pasaría si todos nuestros niños egresan del ciclo básico hablando inglés, qué pasaría si nuestros jóvenes tuvieran acceso a la preparación técnica o terciaria como se le llama ahora. Que sucederá cuando todos nuestros niños tengan una computadora en el aula de clases. Definitivamente es la educación la que puede superar la pobreza en que vivimos. Ojalá así lo entendieran los líderes en la Cumbre de las Américas y la avenida de los deseos se convirtiera en la avenida de las apuestas por la educación.