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¿Avanza realmente la educación?

Si como dice un pensamiento, la educación es convertir espejos en ventanas; proveer las herramientas para que esto suceda es tarea de la educación, de una educación que por lo menos sea capaz de hacer entender lo básico y preparar a la persona para desempeñar una función en la sociedad. En Honduras, la medición de los avances en materia educativa, debidamente cuantificada, calificada y geográficamente ubicada deben darnos la pauta de si la educación que el Estado está impartiendo a nuestros niños y jóvenes ha logrado avances significativos, si la educación que hoy reciben estos pequeños ciudadanos está acorde de alguna manera con las nuevas tendencias del mundo y de las necesidades de la sociedad.

Porque escuchamos tantas cifras e informes que podríamos pensar que algo está cambiando, que la educación pública avanza, pero, mientras, vemos jóvenes universitarios en la Capital Industrial del país sentados en el suelo porque no hay sillas para los estudiantes. Cuando nos encontramos con casos que fuera de la sorpresa nos parecen inauditos es justo preguntarse qué se está haciendo en materia educativa en nuestro país, y digo, en Honduras, en la Honduras toda, porque no podemos dejar de lado que hay dos Honduras en materia educativa, la Honduras urbana, donde si bien con deficiencias físicas, de seguridad y hasta de docentes las escuelas y colegios por lo menos están impartiendo 200 días de clases, de qué calidad no tenemos certeza, también existe la Honduras rural, donde todo es diferente.

Inaudito es que un niño termine su primaria, sea certificado como tal, pero increíblemente no pueda leer ni escribir. Será eso posible, sí lo es; en una aldea remota del departamento de Comayagua, donde un profesor atiende los nueve grados, donde no hay supervisión oportuna, donde los habitantes tienen tan poca instrucción como para darse cuenta de si su hijo está aprendiendo, al final del ciclo primario su hijo ha recibido un certificado de que terminó su primaria extendido con todas las formalidades del caso por el Ministerio de Educación, pero el niño no sabe leer ni escribir. Mientras impartía cátedra universitaria intenté medir la capacidad intelectual de mis estudiantes con la cantidad de libros que habían leído en sus vidas; tengo que decir que fue bastante decepcionante y me di cuenta de que no estaba siendo realista de la verdadera situación de nuestra educación, ya que mi siguiente paso era medir la capacidad de juicio crítico y de debatir un tema.

No hice tal medición porque realmente el punto de partida era comenzar a poner a leer a los jóvenes; la medición no tenía que comenzar por medir la cantidad de libros que se habían leído en sus vidas, que obvio era tan ínfima que difícilmente se podía medir a partir de este dato su capacidad intelectual, pero sí era posible comenzar a darles lecturas y evaluarlos al final de un tiempo; pero como sucede aquí, estos proyectos educativos no existen, como tampoco existen las mediciones o evaluaciones que nos indiquen con claridad qué estamos haciendo bien, si es que hay algo que estamos haciendo bien.

Cuán grande puede ser el engaño al que se somete a una persona al hacerle creer que ha sido debidamente instruida cuando en realidad solo tiene un pedazo de cartón que dice eso, pero en la práctica tal instrucción no existe. A mí me parece un crimen, un crimen que se está cometiendo con nuestros niños y con nuestros jóvenes de tierra adentro, de las montañas, de las aldeas más remotas, y ese engaño tiene que detenerse.

Si nuestros niños y jóvenes siguen con lo que hasta hoy llamamos educación, no es de extrañar que esos espejos terminarán hechos pedazos, pues existe la certificación, pero no las habilidades que permitan construir ventanas.