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El legado latino de Obama

Cuando Barack Obama llegó a la Casa Blanca con el 67% del voto latino, tuvo la oportunidad de cumplir su promesa. Pero no lo hizo. Los demócratas durante ocho meses -hasta la muerte del senador Edward Kennedy el 25 de agosto del 2009- controlaron ambas cámaras del Congreso. Y por una decisión política de Obama y sus asesores, no presentaron una propuesta de ley sobre inmigración.

Ese fue un grave y costosísimo error que hasta hoy estamos pagando. Los inmigrantes que Obama no legalizó durante su primer año de Gobierno podrían ahora ser deportados masivamente por Donald Trump.

El principal logro migratorio de Obama fue su orden ejecutiva de 2012 para proteger a unos 750,000 dreamers con el programa conocido como Daca. Los dreamers, quienes cuando eran muy pequeños llegaron ilegalmente a Estados Unidos con sus padres, hoy pueden trabajar y están protegidos contra deportaciones. Pero Trump puede terminar con ese programa desde el primer día de su presidencia.

Lo peor de Obama fueron sus deportaciones. Obama, desafortunadamente, será recordado por muchas familias latinas como el “deportador en jefe” (frase que acuñó la presidenta del Consejo Nacional de la Raza, Janet Murguia, y que, hasta esta fecha, molesta enormemente al Presidente). Desde enero de 2009 hasta septiembre del 2016, Obama deportó a 2,656,585 inmigrantes, según cifras de ICE. Deportó, en promedio, a más de 900 personas cada día. Ningún presidente ha deportado a más inmigrantes que Obama y, aunque se enoje, será recordado por eso. Así, Obama destruyó a miles de familias latinas. A pesar de que su intención era demostrar que en Estados Unidos se cumplía la ley, deportó a miles de personas que no tenían un récord criminal y cuyo único crimen fue entrar ilegalmente en el país para trabajar.

A pesar de lo anterior, el legado de Obama con los latinos va más allá de las deportaciones y de una promesa rota. Tras darse cuenta de su error, Obama presionó durante años a los republicanos para aprobar una reforma migratoria con camino a la ciudadanía. Pero los republicanos nunca cooperaron.

Obama sentó a los latinos en la mesa principal. Siempre tuvo secretarios y asesores hispanos y nombró a la primera mujer latina, Sonia Sotomayor, en la Corte Suprema de Justicia. Eso no es poca cosa. Pero hay más.

Como periodista tengo que agradecer el acceso que tuvimos los medios de comunicación en español a la Casa Blanca. Siempre nos trató igual que a los otros periodistas estadounidenses, y eso fue un gran avance. A mí, personalmente, me dio cuatro entrevistas como Presidente y participó en dos foros de Univision. A pesar de que varias de las preguntas le incomodaban, siempre estuvo dispuesto a mantener abierta la conversación.

Me impresionaba ver cómo Obama pensaba en público. Con sus características pausas se notaba su mente trabajando para encontrar la palabra exacta. Eso lo vamos a extrañar, y mucho, en la época de Trump.

Por último, la gran contribución de Obama con los hispanos (particularmente con los más jóvenes) es el contagio de esperanza. Me explico: desde que Obama llegó a la presidencia veo a más niños hispanos con el deseo de convertirse en el primer presidente latino, o en la primera presidenta.

La lección es clara. Si Obama logró convertirse en el primer presidente afroamericano, en un país con historia de esclavitud, racismo y discriminación, un latino podría llegar pronto a la Casa Blanca. Estoy absolutamente convencido que el primer presidente latino ya nació y que Obama ayudó a abrir el camino.

Cuando Obama lanzó su candidatura presidencial usó una frase de César Chávez y de Dolores Huerta: “Sí se puede.” Ese, para mí, es su gran legado. Si él pudo, otros podrán también después de él. Adiós, Obama.